Esteban, con una expresión de fría determinación, mantuvo su agarre firme en el brazo de Rosella, casi arrastrándola hacia el automóvil. Rosella, aún en estado de shock, apenas podía procesar lo que estaba sucediendo. Nunca en su vida había sido tratada de esta manera, y mucho menos pensó que el hombre que había creído su príncipe azul, se comportara de esa manera tan seca y déspota. Cuando finalmente reaccionó, estaba en el auto y él ya había comenzado a conducir, su voz salió en un susurro tembloroso. —¿Qué estás haciendo? —preguntó, aún sin comprender completamente su actitud. Esteban la miró con un desprecio evidente, sus palabras cortantes como cuchillas. —¿Aún lo preguntas? —respondió con voz gélida—. Yo no quería casarme contigo, Rosella. Tú te empeñaste aún cuando sabía que jam

