El aire fresco de Milán acarició el rostro de Rosella mientras Angello detenía el auto frente a un pequeño hotel. La ciudad, con sus calles adoquinadas y edificios de fachadas elegantes, parecía vibrar con una energía que contrastaba con la tormenta emocional que se estaba desatando en su interior. Habían pasado siete horas desde que partieron de la hacienda, y el silencio en el vehículo era denso, cargado de emociones no expresadas. Angello, con su mirada intensa y un gesto de preocupación, por fin le dijo lo que había estado pensado en todo el trayecto. —¿Por qué mejor no te vienes conmigo a Sicilia? —preguntó, su voz suave, pero firme, como si cada palabra fuera un hilo que intentaba tejer entre ellos. Rosella sintió un nudo en el estómago. La idea de irse con Angello, aunque no le

