Cuando Rosella llegó a la cabaña, se quedó un momento en el auto, mirando fijamente la puerta. Sus pensamientos aún daban vueltas tras la dolorosa llamada con Esteban. Angello, que había estado observándola en silencio, no pudo evitar sentir una mezcla de remordimiento e impotencia. Quería hacer algo para aliviar su carga, pero sabía que había límites que no podía cruzar. —Gracias por todo, Angello —dijo Rosella, rompiendo el silencio mientras abría la puerta del auto. Angello asintió, sin decir nada. La vio salir del coche y caminar hacia la cabaña con pasos pesados, como si el peso de sus pensamientos la empujara hacia el suelo. Antes de que pudiera despedirse del todo, el teléfono de Angello vibró en su bolsillo. Lo sacó y vio el nombre de Esteban en la pantalla. Soltó un suspiro p

