Esteban intentó ignorar el malestar, concentrarse solo en las sensaciones, en el calor de Alberta, en sus caricias, pero una y otra vez, la imagen de Rosella volvía a su mente. Su expresión cansada, sus palabras firmes, el beso que compartieron, todo se entremezclaba con la culpa que ahora lo consumía. Él intentaba desesperadamente aferrarse a la realidad de ese momento con Alberta, tratando de utilizar la intensidad del deseo para ahogar los pensamientos y sentimientos que lo asaltaban sin piedad. Sus manos se movieron con urgencia sobre el cuerpo de Alberta, buscando un escape, una forma de perderse en la pasión que compartían. Pero cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Rosella volvía a aparecer, implacable, perturbadora, como un fantasma que se negaba a ser exorcizado. Alberta

