Esteban, tumbado junto a Rosella, no podía conciliar el sueño. Cada vez que la miraba, su corazón se aceleraba, incapaz de contener la emoción que sentía. Sus labios buscaban con delicadeza besar su frente, y cada vez que ella fruncía el ceño o hacía un puchero mientras dormía, Esteban sonreía y suspiraba profundamente. No podía creer lo que había pasado entre ellos. Se sentía como si hubiese cruzado un umbral, uno que había cambiado su vida para siempre. —Te amo... —susurró cerca de su oído mientras la abrazaba suavemente—. Nunca pensé que esto pudiera pasar, pero ahora sé que podemos ser felices. A partir de este momento, no habrá ninguna otra mujer para mí, te lo juro. Vamos a irnos a la mansión de la finca... o si prefieres la ciudad, allí nos iremos, donde quieras ir allí estaremos,

