Alberta se quedó en silencio, sin saber qué más decir. El temor a perderlo todo comenzaba a apoderarse de ella, pero ya era tarde. La verdad había salido a la luz, y Esteban, por fin, estaba listo para liberarse de su control. —Voy a irme ahora —dijo Esteban con calma, aunque su corazón seguía ardiendo de furia—. Y lo último que quiero es que vuelvas a intentar interferir en mi vida o en la de Rosella. Si lo haces, te aseguro que te arrepentirás. Dicho esto, Esteban se dio la vuelta y salió del apartamento, cerrando la puerta de un golpe, hecho una fiera. Su corazón golpeó con fuerza en su pecho. Las palabras de Alberta seguían resonando en su mente. No podía creer la magnitud del engaño que había soportado durante tanto tiempo, cegado por una relación que ahora se revelaba como una fa

