Rosella entró a la cabaña y se encontró con Esteban sentado en el viejo sillón, su cuerpo tenso y su mirada fría clavada en ella. A pesar de la sensación de incomodidad que siempre traía su presencia, decidió no mostrar debilidad. —¿Dónde estabas y por qué llegas a esta hora? —repitió él con un tono más agresivo, como si su voz cortara el aire entre ellos. Rosella cerró la puerta tras de sí y lo miró fijamente. Estaba cansada de las preguntas, de las acusaciones, de sentir que tenía que justificar cada paso que daba. Esteban no era su dueño ni su padre, y mucho menos alguien a quien debía rendir cuentas. —No tengo por qué darte ninguna explicación, Esteban —respondió con frialdad—. No eres mi dueño ni mi padre. Puedo hacer lo que quiera. La rabia subió por el pecho de Esteban como un i

