Esteban sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Se tambaleó hacia atrás, apoyándose contra la pared para no caer. Su rostro palideció y sus ojos se llenaron de lágrimas. —No... no puede ser —murmuró, su voz apenas audible. La madre de Alberta soltó un grito desgarrador y se desplomó en el suelo, sollozando incontrolablemente. La enfermera se apresuró a atenderla. El médico, incómodo ante la escena, carraspeó y añadió: —Haremos todo lo posible por salvar a la señorita Alberta. Les mantendré informados de cualquier cambio en su estado. Esteban no sabía qué hacer, porque aunque una parte de él quería poner distancia, la otra se sentía de cierta manera culpable de que Alberta hubiese enloquecido, por eso decidió permanecer en el hospital. Así que esa noche se quedó al

