Esteban se dejó caer en el sofá, sintiendo el peso de su arrepentimiento aplastarlo. La habitación estaba en silencio, solo interrumpido por el suave murmullo de la nana que había estado a su lado todo el tiempo. Ella, a pesar de todo, no pudo evitar observarlo con una mezcla de preocupación y ternura, como si pudiera ver a través de su fachada de indiferencia. —¿Ahora qué tienes?—preguntó la nana, rompiendo el silencio. Su voz era suave, pero había una firmeza en ella que invitaba a la verdad. Esteban esbozó una sonrisa amarga, una que no reflejaba alegría, sino una profunda tristeza. —No tengo idea de dónde encontrar a mi esposa... —respondió, su voz temblando ligeramente—. Nunca le presté atención, nunca me ocupé de ella. Nunca tuve una conversación para conocerla y saber sus sueños

