Durante todo el trayecto de regreso al apartamento, Alberta no dejó de llorar, buscando de nuevo manipular a Esteban con cada sollozo. Él la miraba de reojo, sin pronunciar palabra alguna, porque su corazón estaba endurecido, ya no se conmovía con ella. Estaba decidido a no dejarse arrastrar por sus lágrimas y palabras falsas. El dolor por todo lo que había descubierto lo llenaba de rabia, pero también de una fuerte determinación de no dar su brazo a torcer. —¡Ya Alberta, basta! —dijo finalmente exasperada, su voz baja, pero cargada de firmeza—. Deja de fingir que estás llorando porque no te creo ni una sola palabra, ni un solo acto. Alberta volteó hacia él, sus ojos aún brillantes por las lágrimas, pero había algo en su mirada que traicionaba la sinceridad que intentaba proyectar.

