Esteban permaneció en la entrada de la cabaña, esperando a que Rosella volviera. Habían pasado horas desde que ella había salido corriendo, y él comenzaba a sentirse inquieto. No sabía por qué, pero la idea de que Rosella no regresara lo molestaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. Sus pensamientos eran un torbellino de rabia, culpa y confusión, pero su orgullo le impedía reconocerlo. Con los brazos cruzados, miró hacia el horizonte, esperando ver a Rosella aparecer entre los árboles, pero ella no daba señales de volver. La inquietud comenzó a convertirse en impaciencia y, finalmente, en un malestar que no podía sacudirse. Justo cuando comenzaba a preguntarse si debería salir a buscarla, vio a Angello acercarse. —¿De dónde vienes? —preguntó Esteban, sin molestarse en disimular la

