Nuevo comienzo
El motor del coche seguía caliente cuando Magui apagó las luces y miró a través del parabrisas.
El cartel de madera decía: “Bienvenidos a Mount Rainer”.
Se quedó unos segundos en silencio, apretando el volante con fuerza. Su hijo Davis, dormido en el asiento trasero, respiraba profundo, con la boca entreabierta y el mechón rubio más claro cayéndole sobre la frente. Ese pequeño rayo de luz era todo lo que tenía, todo lo que le quedaba. Y sabia que debia protegerlo con su vida.
Inspiró hondo, tratando de calmar el temblor en sus manos. Había conducido durante horas, atravesando rutas solitarias, curvas interminables y montañas que parecían vigilarla. Atrás quedaba la ciudad, con sus recuerdos rotos y un hombre al que había amado demasiado joven, pero que la había convertido en una sombra durante doce años.
—Ya no, nunca más —se dijo asi misma
Encendió el coche otra vez y condujo por la calle principal del pueblo. Mount Rainer parecía detenido en el tiempo: casas de madera, un par de almacenes, una cafetería que aún tenía el cartel de neón encendido y un pequeño parque con bancos vacíos. Todo era silencioso, demasiado silencioso, como si cada habitante estuviera atento a su llegada, o quizas era por que aun era de madrugada.
La casita que había alquilado estaba en las afueras, al borde del bosque. Cuando bajó a Davis, que se restregaba los ojos con sueño, él miró hacia los árboles oscuros que se alzaban a pocos metros.
—Mamá… —murmuró, medio dormido—. Hay alguien ahí.
Magui giró rápido la cabeza, con el corazón en la garganta. Solo sombras. Solo ramas.
—Son los árboles, mi amor —susurró, cargándolo en brazos—. Nada más que eso.
Pero al cerrar la puerta de la casa y mirar por la ventana, juraría haber visto un par de ojos brillando en la oscuridad.