Cuando Michelle estaba a punto de entrar en su oficina, Saskia la detuvo apresuradamente, agarrándola del brazo. En un instante, la mirada de Michelle se oscureció. Con un movimiento rápido y brutal, la levantó por el cuello, alzándola varios centímetros del suelo, como si no pesara nada. “No me vuelvas a tocar”, gruñó Michelle, su voz fría como el hielo. “La última persona que lo hizo está a tres metros bajo tierra. No sé quién eres ni qué quieres, pero definitivamente no voy a ayudarte”. Saskia, con la respiración entrecortada y luchando por mantener el control, apenas podía hablar mientras sus manos trataban en vano de aflojar el agarre de Michelle. “No sé quién es usted ni lo que ha pasado con el general”, dijo Saskia, jadeando entre palabras, “pero lo único que me importa es que e

