Saskia sacudió la cabeza, intentando apartar los pensamientos intrusivos que rondaban su mente. Sabía que debía enfocarse en la recuperación de Max y tratar de pensar de forma positiva, aunque a veces parecía una tarea imposible. “Saskia, cariño”, dijo una voz familiar. Era su padre, el señor Delacroix, quien llegó cargando una maleta. “He venido a traerte algunas cosas que sé que vas a necesitar. No puedes estar aquí sin nada”. “Gracias, papá”, respondió ella, tomando la maleta y refugiándose en sus brazos. Sintió el calor reconfortante de su padre, un ancla en medio de la tormenta que vivía. “¿Sabes?”, susurró Saskia con un nudo en la garganta, “a veces siento que pierdo todas las esperanzas. No quiero ser pesimista, pero me cuesta tanto no pensar en lo peor…”. Su padre la abrazó con

