Ernesto no oía bien lo que le decía Bruno y se limitaba a sonreírle porque le daba vergüenza estar venga pedirle que le repitiera lo que le acababa de decir.
Bruno le miraba esperando una respuesta de él pero éste sólo le miraba y sonreía.
La gente caminaba de un lado para otro de la discoteca bailando al son de la música.
Ernesto tuvo la sensación que sólo se habían encontrado con gente guapa, bueno guapa no, ¡Guapísima!
La gente bailaba y cantaba alocadamente bajo un techo repleto de focos de todos los colores, rojos, verdes, rosas, blancos que producían tal efecto visual sobre la gente que parecían fantasmas danzando al son de la música. Del centro del techo colgaba una gran bola de espejos que giraba sobre sí misma.
Brindaban elevando las copas con las manos. Parecían extasiados con la música que estaba sonando en ese momento. Era la canción Shake It Off de la diosa Taylor Swift.
Ernesto y Bruno fueron abriéndose paso cómo buenamente podían. Cuanto más se aproximaban a la pista, más gente se encontraban.
Para amenizar la noche había espectáculos y animaciones con juegos malabares, lanzafuegos, zancos pero, sobre todo, lo que más había eran policías de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.
Estaban vigilantes a todo lo que pasaba alrededor. Ernesto nunca había visto en su vida un repliegue policial igual, sólo cuando asistía el Rey de España y su familia en Madrid al desfile de las Fuerzas Armadas.
Aquella discoteca era efectivamente de lo mejor que había visto en su vida. Cada vez entendía menos porque aquel chico les había regalado los dos Flyers con entrada gratuita.
- ¿Dónde estará el Príncipe Alexander? preguntó Ernesto a Bruno sin dejar de mirar a su alrededor para ver si lograba localizarlo.
Bruno se encogió de hombros.
Ernesto le miró y comprobó que Bruno había bebido más de la cuenta. Parecía un zombi y cuando Ernesto le hablaba ni se enteraba y cuando lograba articular alguna palabra, no se entendía lo que decía.
A Ernesto le sonaban algunas de las caras que se iban encontrando por la pista.
Vio a dos chicos sentados en una mesa que eran pareja y que él conocía perfectamente. Se quedaron mirando a Ernesto y a Bruno pero sobre todo a Bruno que no sabían quien era.
- ¿Conoces a esos qué miran de forma tan descarada? le preguntó Bruno.
- Son unos compañeros que van conmigo a clases particulares de refuerzo de Mates. El moreno es un creído de mierda ¡No lo aguanto! ¡Es un sabelotodo! No puedo con él y el otro con pelo de panocha es su novio ¡Un pesado de cojones! Los dos son unas viejas cotillas.
- ¡Vaya músculos tío tiene el panocha! ¡Qué machaque se pegará en el gimnasio!
Ernesto y Bruno pasaron por delante de ellos.
Bruno giró la cabeza hacía atrás y los pilló cuchicheando. Le guiño un ojo al panocha y le sonrió.
El novio le dio un codazo enfadado y dejó de mirar.
Rodearon la pista de baile.
Se encontraron con muchas caras nuevas.
Ernesto se frotó las manos y un cosquilleo le recorrió su cuerpo. Los ojos se le salían.
Estaban acostumbrados a ser siempre los mismos en los bares porque aunque Madrid era una ciudad muy grande, todos los madrileños se concentraban en los mismos pub de moda y por eso, se conocían todos de vista. Cuando llegaba alguien nuevo, se producía el "efecto novedad" y todos querían conocerle y si encima era guapo, querían ya que fuera hasta su pareja. Pasado el tiempo pasaba a ser uno más, como el resto. Y entonces los demás esperaban a que viniera otra "novedad" para atacar.
La chicos de la discoteca parecían todos cortados por el mismo patrón: altos, delgados, morenos de rayos uva, pelo escaldado, camisetas ceñidas marcando pectorales y pantalones ajustados no dejando libre nada a la imaginación. Parecía que se habían puesto todos de acuerdo para ir a la misma tienda a comprarse la ropa.
Había muchos grupos de amigos que charlaban animadamente entre ellos mientras precalentaban antes de irse a la pista de baile a darlo todo.
A Ernesto le llamó la atención que no hubiera apenas chicas. Si no recordaba mal, en ningún sitio había leído que tuvieran prohibida la entrada aunque prefería que fuera así porque tenía chochofobia.
Se encontraron con un grupo de amigos en el que había una única chica.
Se detuvieron cerca de ellos.
La chica saltaba a la vista que era una "mariliendres" que era el término que se utilizaba en el ambiente gay para referirse a aquellas chicas que son heterosexuales y que les encanta salir de fiesta con los gays que son sus amigos del alma, con los que comparten diversión, ocio y también por supuesto, llantos. Ellas cuando están con ellos se sienten las reinas, cosa que no les suele suceder cuando están en ambientes heterosexuales, generalmente porque suelen pasar desapercibidas.
Las mariliendres ¡Lo dan todo en la noche!
Ernesto observó cómo la mariliendres le daba un codazo a su amigo para que les mirara.
- ¡Oye mira que chicos más guapos!, le dijo mirando a Ernesto y a Bruno.
- ¡¡Oh!! Dijo el amigo con la boca abierta de par en par ¡Están buenísimos!
Ernesto y Bruno sonrieron y continuaron caminando.
Cuando llevaban unos metros recorridos, Ernesto sintió en la espalda unos golpecitos.
Giró la cabeza:
- ¡Hola! ¿Cómo os llamáis? Yo me llamo Charlotte, dijo la mariliendres con una sonrisa que le ocupaba toda la cara y con unos dientes negros que parecía que habían sido metidos en carbón.
Ernesto y Bruno se miraron extrañados.
- ¿Sois de Madrid? Es que mi amigo os quiere conocer... si queréis os lo presento, dijo ella señalando a su amigo que disimulaba hablando con el amigo que tenía a su lado.
- Pues acabamos de llegar... vamos a dar una vuelta y si os parece luego nos vemos por la pista de baile, dijo Bruno para quitársela de encima.
Ernesto y Bruno continuaron caminando y por el rabillo del ojo vieron cómo la mariliendres seguía allí detenida mirándoles fijamente, sin regresar con sus amigos.
Tuvieron la premonición de que no se la iban a quitar tan fácilmente...
✨✨✨✨