- ¡Qué pinta de tía pesada tiene la mariliendres de mierda! gritó Bruno.
A Ernesto comenzó a vibrarle el móvil en el bolsillo del pantalón.
Se puso de mal humor por no haberlo puesto en modo avión.
Dudó si cogerlo o no.
Finalmente decidió cogerlo y se lo sacó del bolsillo.
Bruno se detuvo a su lado con cara de estreñido porque no le hacía gracia que atendiera ahora el teléfono, con todo lo que había por cazar en la disco.
Ernesto miró la pantalla del móvil.
La luz del móvil le daba de lleno sobre sus ojos.
Eran marrones y estaban rodeados de unas largas pestañas.
Su piel era de color del chocolate y llevaba un pequeño bigote sobre unos labios que tenía perfilados en forma de corazón.
Ernesto abrió los ojos sorprendido por lo que estaba leyendo en el móvil.
Era un wasap de su amigo Daniel:
"Eres un cabrón!!! Cómo has podido hacerme esto??? No hay palabras para lo que me has hecho. Pensaba que éramos amigos pero ya veo que te mueves por el interés. NO me busques ya más cuando quieras echar lágrimas, te buscas a tu nuevo amiguito. No me vengas después llorando que te perdone. Cabrón!!!"
Ernesto bloqueó el teléfono y se lo volvió a meter en el bolsillo trasero del pantalón. No quiso responder a Daniel porque si lo hacía se engarzarían en una discusión sin fin y quería disfrutar de la noche en compañía de Bruno. Ya tendrían tiempo de hablarlo después. Conocía muy bien a Daniel y sabía que terminaría perdonándole porque al fin y al cabo, Ernesto era no solo su mejor amigo sino también quizás su único amigo.
En la pista de baile observaron que había más policías que en otras zonas de la discoteca.
- Yo creo que tiene que andar cerca de aquí el Príncipe, le dijo Bruno a Ernesto. Fíjate, mira allá.
Bruno señaló con la mano a un grupo nutrido de policías que protegían cómo una especie de puerta metálica cerrada. Eran cinco y miraban para todos los lados, expectantes ante cualquier movimiento sospechoso.
- ¿Te parece si pedimos una copa? Me muero de sed.
Bruno asintió y comenzó a abrirse paso entre la gente.
Decidieron ir a una barra que había en un lateral de la pista y que daba la impresión que no estaba muy concurrida.
Cuando llegaron se colocaron en un pequeño hueco que había entre dos grupos de amigos que se estaban sirviendo las copas que les acababa de poner el camarero. Esperaban el cambio.
Ernesto y Bruno se apoyaron en la barra esperando para ser atendidos.
Un camarero extremadamente musculado apoyó los brazos en la barra y se acercó a ellos:
- Hola ¿Qué vais a tomar?
- Un Red Bull, dijo Ernesto.
- Y yo otro.
El camarero se dio la vuelta.
Cogió los vasos, les echó los cubitos de hielo y fue a por las bebidas.
Pagaron la cuenta y se retiraron de la barra colocándose a la altura de la pista de baile.
Del Príncipe Alexander no había ni rastro.
- ¡Eh! ¡Mira allá! le gritó Ernesto a Bruno señalando con la mano hacía arriba.
Bruno le siguió con la mirada hacía donde le indicaba.
Frente a ellos, había una segunda planta acristalada con gente que se agolpaba mirando hacía la pista de baile.
Y entonces Ernesto le reconoció:
- ¡Allí está! ¡El Príncipe Alexander!
El Príncipe bebía de una copa que sostenía en una mano mientras que la otra mano la tenía metida en el bolsillo del pantalón.
Miraba hacía la pista de baile a través del cristal de la Sala VIP y se movía al son de la música pero sin grandes aspavientos. Tenía un porte elegante hasta cuando bailaba.
Junto a él se encontraba un grupo de amigos. Ernesto contó hasta siete. Eran más o menos de su misma edad. Ernesto no recordaba cuantos años tenía exactamente. Pensó que al día siguiente lo buscaría en el todopoderoso Google. Ellos, a diferencia del Príncipe, sí que bailaban alocadamente y levantaban las copas en alto mientras cantaban enloquecidos alguna canción de moda.
Pero el Príncipe no les seguía el juego. Se le veía ausente.
Estaba apartado de ellos a unos metros de distancia.
- ¿Qué le pasa al Príncipe? Parece triste, preguntó Ernesto inquieto a Bruno.
Pero Bruno no le contestó. Bailaba con la cabeza agachada de un lado para otro, sin enterarse de lo que le decía Ernesto.
El Príncipe se separó aún más del grupo de amigos y fue hasta el lado opuesto de la sala, desde donde tenía otra perspectiva de la pista de baile. Desde allí arriba, lo observaba todo sin perder el mínimo detalle.
Ernesto no le veía bien desde donde se encontraba porque había ya mucha distancia.
El Príncipe ahora estaba incluso más sólo que antes y sus amigos seguían ajenos a él, no le hacían caso.
Ernesto se quedó extrañado porque nunca había imaginado que un Príncipe se pudiera quedar así de sólo en una discoteca. Pensó que no tardaría el Príncipe en regresar a donde se encontraban sus amigos...
Ernesto apuró la copa y fue a dejarla a la barra que había a sus espaldas.
Bruno comenzó a abrirse paso entre la gente y se fue adentrando en la pista de baile. Contoneaba todo su cuerpo al ritmo de la música.
Ernesto no pudo evitar fijarse en Bruno.
- ¡Qué bien baila el jodido! ¡Y qué bueno qué está! pensó Ernesto mientras observaba cómo un chico con hambre de guerra se había situado ya detrás de Bruno y le miraba descaradamente.
Ernesto miró de nuevo hacía arriba y comprobó que los amigos del Príncipe seguían en el mismo lugar. Ahora daban vueltas en círculo y llevaban las copas en alto. A Ernesto les hizo gracia y no pudo dejar de sonreír.
Siguió con la mirada hacía donde estaba el Príncipe antes y cual fue su sorpresa:
¡El Príncipe había desaparecido!
✨✨✨✨