El mundo humano olía a óxido, café barato y milagros cotidianos. Isriel lo detestaba. No porque no entendiera su lógica, sino porque la lógica humana estaba manchada de contradicciones. Se caía con facilidad. Como ella, por ejemplo, que tropezó con un maldito banco de madera en medio del parque y acabó de rodillas, con una expresión entre asesina y avergonzada. —¿Estás bien? —preguntó una voz suave, cargada de un cansancio leve pero constante. Isriel alzó la mirada y vio a una mujer de cabello castaño recogido, con mejillas redondas, ojos amables, y un vientre prominente que parecía sostener el mundo. —Estoy bien —respondió, sin demasiada emoción. —No pareces de por aquí —continuó la mujer, ayudándola a levantarse con la facilidad de quien ha ayudado a muchos—. ¿Primera vez en la ci

