La habitación estaba en silencio. Emilia dormía profundamente, envuelta en la manta hasta el cuello, sus labios entreabiertos, su respiración pausada. Samael la observó un instante, aún vestido con su camisa azul desabrochada y el cabello enredado por el sueño. Se sentía extraño. Demasiado humano. Se inclinó apenas y le rozó el cabello con los dedos. Después, sin ruido, se puso de pie. Cruzó la habitación en dirección a la ventana. No necesitaba abrigo. No tenía frío, nunca lo había sentido. Justo cuando sus pies tocaron la acera del edificio, una onda de presión sutil lo detuvo. No era una sensación humana. Era un mensaje. Un llamado. Las nubes sobre la ciudad parecieron doblarse, como si alguien las hubiera torcido desde lo alto. Y entonces el mundo desapareció. No con violenc

