En el sofá de aquel hogar que ahora reconocía la muerte como suyo, Azazel observó a Silvia dormir unos minutos más. El sonido de su respiración acompasada, la curva de su cuerpo bajo la manta, la forma en que el resplandor del televisor le acariciaba las mejillas. No sabía si debía quedarse o marcharse. La duda era nueva para él. Pero últimamente sentía que solo cosas nuevas ocurrían una y otra vez, la cantidad de sorpresas iba en aumento desde que fue enviado a la tierra por orden de su padre. Incluso llegó un punto en que se cuestionó el motivo por el que había sido enviado. Cerró los ojos por un momento y luego se dispuso a querer ir a la cocina. Se levantó con lentitud, sin hacer ruido. Cruzó el apartamento hasta la cocina, abriendo la puerta del refrigerador más por costumbre que por

