Silvia avanzaba sin prisas por el salón. La cena aún no comenzaba, pero las luces del castillo ya estaban encendidas con un brillo casi líquido, oscilante, que parecía provenir de algún recuerdo antiguo más que de una fuente física. Azrael estaba sentado al fondo de la mesa. No comía. No bebía. Solo observaba. La había estado mirando desde que entró. Con ese rostro eterno, impasible, de quien ha presenciado demasiados finales. Y sin embargo… había algo en su mirada. Un rastro. Un eco de confusión, tal vez. Silvia, en su vestido azul, se movía con naturalidad. Demasiada. Con la serenidad de quien ha estado allí antes, o al menos, lo ha soñado muchas veces. —¿Quieres vino, cariño? —preguntó Azazel, apareciendo a su lado con una copa. —¿Aquí sirven vino? —Sirven memorias. Pero algunas

