El eco de los pasos de Isriel resonaba como martillazos sobre el mármol pulido del castillo. La piedra negra, brillante como obsidiana mojada, reflejaba su figura rígida, como una sombra errante en medio de la noche perpetua del Inframundo. Había salido sin despedirse. Había evitado las miradas. No quería ser detenida. La escena la perseguía como un espectro adherido a sus ojos: Azazel, el menor de todos, el más impredecible… sosteniendo en brazos a esa humana. Silvia. Su rostro desbordaba una calidez casi insoportable. Y el beso, ese maldito beso, fue un golpe seco directo a las entrañas de Isriel. No por celos —no era eso, jamás sería eso—, sino por lo que significaba: una traición a todo lo que habían sido. Ella no entendía. Nadie le había contado nunca la historia completa. ¿Quién er

