Azazel no dormía. Jamás lo hacía del todo. No como los humanos. Su cuerpo descansaba, sí, y podía simular una respiración calmada, una quietud perfecta. Pero su mente… esa no dejaba de girar. Especialmente cuando ella estaba tan cerca. La sintió moverse apenas. Un roce de sábanas. El leve crujido de su respiración cuando se incorporó. Silvia. Podía oler su aroma, esa mezcla entre piel cálida y pensamiento inquieto. Podía sentir cómo su cuerpo se inclinaba sobre él. Algo en su pulso lo traicionó. Por un segundo, se aceleró. Pero mantuvo su rostro sereno. No podía abrir los ojos. No aún. Y entonces, lo sintió. El beso. No fue apasionado ni torpe. Fue un gesto leve, frágil, casi reverencial. Un roce que hablaba más que mil palabras. Azazel, acostumbrado a ver almas desvanecerse, a t

