Afuera, bajo la sombra de los álamos que bordeaban la facultad, se encontraba él: el ángel Samael. Su figura era tan perfecta que incluso el viento parecía detenerse a contemplarlo. Samael estaba recostado contra el tronco de uno de los árboles como si fuera un adorno más del paisaje urbano, aunque lo que realmente adornaba era la fantasía de quienes pasaban por allí. Las jóvenes se mordían los labios solo de ver su imagen magnifica. Algunos hombres se descubrieron respirando más lento, en un gesto de asombro inexplicable. Su belleza de otro mundo no discriminaba en género. Eso de alguna manera le fastidiaba. Usualmente se cubría con su manto de invisibilidad, pero esta vez le era imposible. La razón: el aire impuro que emanaba por doquier de aquel poder espiritual. El mismo poder que

