Capítulo 10: Una ayuda inesperada

651 Words
El día miércoles, después de clases, Amanda decidió ir a la plaza de Madrid. Hacía calor, así que se compró un helado en "la mejor heladería de la galaxia" como había dicho Rubius la primera vez que salieron y luego dio un paseo por el lugar. Esta vez, se pidió un helado de menta chips. Era igual o más rico que el de chocolate. Amanda sabía que a poca gente le gustaba ese sabor, pero era su favorito. Todos te odian, pero yo te amo, pensó dando el primer y delicioso bocado. Esos días hablaba mucho con Rubén y los chicos por f*******:, e incluso la agregaron a un grupo en w******p, donde hablaban, tonteaban y se mandaban memes. Estaba contenta de haber hecho tan buenos y graciosos amigos en España. De hecho, estaba contenta de tenerlos a ellos como amigos, ya que eran mucho más divertidos y simpáticos de lo que mostraban por youtube. No olvidaba que algunos de sus compañeros de clases españoles la discriminaban por ser latina, pero ese no era el caso de los chicos, por suerte. Sí le habían preguntado varias cosas de su vida en Chile, su hogar, su familia, cómo era allá y lo comparaban con la realidad Europea. Luego de caminar un rato, se sentó en una de las bancas para terminar de comer. Mientras estaba sentada, miró a su alrededor. Era todo tan bello a sus ojos. Las risas de los niños, las parejas de la mano, gente jugando con sus perros. Estaba cumpliendo su sueño de estudiar en el extranjero, que se había convertido en algo incluso mejor y sonrió aún más. Siguió comiendo su helado, tranquila y feliz. Pero, como en cada sueño, algo malo debía pasar. Al terminarse su helado, se quedó un momento mirando a unos pájaros que aleteaban sobre su cabeza, pero sintió un tirón en el bolso que la sacó de su ensoñación. Un sujeto que no parecía más adulto que ella (quizás hasta era menor de edad) le había robado la mochila y habia salido corriendo. Amanda se puso de pie de inmediato y salió a perseguirlo. —¡Detente, imbécil! —gritó Amanda mientras se acercaba corriendo al ladrón. El chico miró hacia atrás, y chocó con un cartel. Amanda, aprovechando eso, se tiró sobre él y lo botó al suelo.  Nunca había tenido que defenderse de un robo con violencia, pero ella tenía mucha fuerza y había practicado un poco de artes marciales cuando era más pequeña y, si bien eso había sido hace años, aún recordaba ciertas cosas. Amanda golpeó un par de veces al ladrón en la cara y le quitó su mochila. Cuando se puso de pie, se dio cuenta que tenía una herida en la rodilla que le impedía ponerse de pie con normalidad. Con toda la adrenalina no notó cuando se la había hecho, probablemente al lanzarse sobre el chico. Pero ahora sintió el dolor agudo y molesto. En la calle casi no había gente y el ladrón se estaba poniendo de pie. —Me las vas a pagar, zorra —dijo el sujeto acercándose a Amanda que cojeaba lo más rápido que podía mientras la herida sangrante de su rodilla le escocía. Cuando el ladrón estuvo casi sobre ella, la chica cayó al piso, se tapó la cara con las los brazos para protegerse y cerró los ojos esperando un golpe. Un puñetazo sonó y un cuerpo cayó al suelo, semi inconsciente. Amanda abrió los ojos y frente a ella estaba el ladrón en el suelo. A su lado, un chico la miraba preocupado a los ojos y le ofrecía la mano para ayudarla a ponerse de pie. Era Rubén. —Rubén... - susurró Amanda. Él le sonrió y le ayudó a ponerse de pie. —Que suerte que pasaba por aquí. Ven, vamos al hospital —le respondió él, y le pasó una mano rodeándole la cintura para ayudarla a ponerse de pie. El chico hizo parar un taxi y ayudó a Amanda a subirse. Y ambos se dirigieron al hospital más cercano.
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