Capítulo uno: La vida en Snowhill

2334 Words
                                                       2008, Snowhill, Oregon   Para muchos, el último día de clases era sinónimo de diversión y vacaciones, de días de verano y montones de bikinis. Era una ironía que en el pequeño pueblucho de Snowhill hiciera un sofocante calor más de la mitad del año. Una especie de ironía exquisita. Para Lily, el último día de clases era sinónimo de castigo. Desde que tenía memoria había sido problemática, algunas veces, ni lo intentaba. Todos en la preparatoria sabían de su mala reputación, gran parte, se alejaba de ella al solo verla, temían terminar colgados de un árbol (los rumores se distorsionaban en segundos, y hacían de Lily un total monstruo) Su primer año de preparatoria había sido más efímero de lo que ella pensó. Y extremadamente aburrido, por desgracia. No había nada emocionante en su vida. Los castigos no tenían sentido, hacerle la vida imposible a los que la retaban era monótono y los rumores que esparcían de ella comenzaban a ser repetitivos.  —¿Escuchaste que ayer la encontraron drogándose con Rowland Scott? —Comentó en voz sonora Kenia Lowell—. Ay, pero bueno, si Rowland me ofreciera un porro yo también me lo fumaba por él —añadió con una risita tonta. Lily frunció el ceño y esbozó una sonrisa sardónica al escucharla. La gente normalmente decía cosas de ese estilo mientras ella pasaba. Pero en el momento en que Lily los miraba fijamente, se cagaban del miedo y desaparecían. Lily tenía la belleza de Afrodita, pero la furia de Ares. Kenia no tardó en picarle el brazo a su compañera y las dos se marcharon al instante, sacándole la vuelta a Lily. Malditas perras cobardes, pensó la rubia. Sus primeras clases fueron una total pérdida de tiempo, al menos así lo veía ella. Prefería estar metida en su blackberry mandándole un PIN a su compañera Aleia, quien no era su amiga, sino su cómplice. Ambas disfrutaban molestar a los demás y compartían un gusto por Skins. Para Lily, Aleia era la chica más auténtica que podía conocer. No le simpatizaba del todo, pero eso se debía más que nada al novio de Aleia. En general, ella era sagaz, sarcástica e inteligente, aunque no tanto como la misma Lily. Nadie era tan inteligente como ella y eso lo sabía. Al final de Algebra I, Lily fue de las ultimas en salir del aula. Le mostró una falsa sonrisa a la profesora, quien le deseó gentilmente unas vacaciones. A veces deseaba que el mundo dejara de ser tan hipócrita. Sabía que la señorita Halsey era una perra. Había roto sus exámenes una y otra vez, excusándose de que los había perdido y la hacía volverlos a repetir, nunca pudo hacer que Lily reprobara un solo examen. La gente la odiaba, y ella lo entendía, no era la mejor ciudadana de Snowhill, pero eso no quitaba que sintiera desagrado por la hipocresía. Prefería el odio sincero. ¡Me saltaré la última clase con Nate! Xxx Lily sintió arcadas internamente al leer el mensaje de Aleia. Pobre tonta, cree que yéndose con él evitará que le sea infiel con McKenzie. A veces, Lily no entendía cómo, pero conseguía saber los pensamientos de los demás. Damiel, su padre, siempre le decía que no era que consiguiera leer la mente de los demás, sino que tenía muy desarrollado el sentido de la vista y sabía leer el lenguaje corporal a la perfección. Por eso se enteraba de cosas que los demás no percibían. Jamás había visto a Nate y McKenzie besarse, sin embargo, a veces le llegaban imágenes extremadamente vividas de ellos dos juntos, no sabía cómo. ¿Acaso su mente se aburría e inventaba imágenes extrañas? Jamás le mencionó nada de eso a Aleia, no quería quedar como una loca. En general, el día estaba siendo extremadamente aburrido para ella, ese campamento de verano parecía más apetitoso que hace dos semanas. Su buen humor se esfumó cuando escuchó un par de risas estruendosas detrás de ella al tiempo que caminaba por los pasillos mirando fijamente su celular. No paraba de observar el reloj. Ya quería largarse de ese lugar. De pronto y sin ningún aviso, sintió un enorme manotazo en su trasero. Las risas se desataron sin control, algunos perplejos, temerosos de cómo podía reaccionar la muchacha. Giró lentamente sobre sus talones para encarar al imbécil que se había atrevido a tocarla sin su consentimiento. —¿Crees que es gracioso tocarme sin mi consentimiento? —Espetó bruscamente, encarándolo. Era el típico imbécil que Lily detestaba —aunque detestaba a la mayoría—. Cabello castaño despeinado, le sacaba más de veinte centímetros. Medía más allá del 1.80, complexión atlética y llevaba puesta una camiseta del equipo de baloncesto. —No, no. Es que vi ese culo enorme y no pude evitarlo. Vamos, rubiecita, fue divertido. No te lo esperabas. Todos creen que eres una fiera, pero yo creo que podría domarte, ¿Qué dices? ¿Saldrías conmigo? Lily soltó una genuina carcajada. Ya nadie se reía. —Eres nuevo, ¿verdad? —Adivinó la rubia—. Pues adivina qué, maldito pedazo de mierda con sangre, a mí no me vas a andar tocando cuando se te dé la gana. —¡Déjala en paz, Richard! El muchacho parecía muy seguro de sí mismo. Quería retarla. La miró con desdén y formó una sonrisa torcida, creyendo que eso le parecería irresistible a la rubia. Tanta fue su sorpresa cuando Lily le soltó un merecido puñetazo en la nariz. Lo agarró por sorpresa, no creyó que la chica fuera a actuar. Ese no fue ni el más ligero de los golpes. Todos los alumnos presenciaron cómo le partió la ceja izquierda, al tiempo que su nariz sangraba a borbotones, con un crudo golpe en las rodillas que lo doblegó, le proporcionó un golpe en las costillas, una y otra vez, sin detenerse. Estaba por alejarse de él, cuando lo escuchó llamarla “perra” —¿A quién le dices perra, jodido puerco irrespetuoso? —Volvió a acercarse hasta él, mirándolo desde arriba. Todavía no conseguía ponerse de pie por el dolor. —A ti, perra. —Agradezco haber traído estas botas, ¿sabes para qué? —Preguntó retóricamente—. Para esto —el alumnado contuvo la respiración y algunos se taparon los ojos, al escuchar el bramido desesperado, lleno de dolor de Richard, en el momento en que Lily le pisó su m*****o masculino. —A mí me respetas, cabrón —finalizó, escupiéndole en la cara—. Eso va para cualquiera de ustedes, lagartijas asquerosas —vociferó viendo su alrededor, sus compañeros seguían viendo el espectáculo. Apenas se alejó, las personas se acercaron a auxiliar a Richard. ¡Eres una exagerada! ¡Maldita loca, las pagarás! ¡Es una bruja, la odio! Las frases seguían y seguían, pero ella no estaba de humor. Se encerró en los baños clausurados al final del edificio 3B, sabía que ahí nadie iría a molestarla. Limpió con papel higiénico el espejo, para poder observar su reflejo. Tenía las manos manchadas de sangre de aquel tipo, y el labio le sangraba. Por la adrenalina ni siquiera se había dado cuenta de que él también la había golpeado. Definitivamente, Damiel iba a lincharla. Se la pasaba llamándole la atención para reducir su mal comportamiento. La había inscrito en un campamento cristiano todo el verano como una manera de “corregir” su comportamiento. Ella no había exagerado. Estaba harta de ese comportamiento en los chicos. Los hombres eran unos imbéciles con todas las mujeres. Se engrandecían haciéndolas sentir inferiores, pequeñitas y humilladas. Ella no iba a permitir ninguna bajeza, sin importar cuan pequeña fuera.                               *** No pasó ni una hora cuando la directora Duppet ya la había citado en su despacho, posiblemente, para expulsarla. No se negó en presentarse en la oficina. Sentía algo de alivio, ¡por ella que la expulsaran! —Lilith Moore… —bufó despectivamente la mujer de cabello crespo, viéndola a través de sus gafas. Lily cerró la puerta detrás de ella de un azotón y se posicionó en una de las sillas frente al escritorio, subiendo los pies en la mesa para retarla, mirándola con desdén. —Sé lo que harás, Duppet. Así que ahórrate todo ese teatrito y expúlsame. Yo también lo deseo, es mejor que seguir otro año con estos buenos para nada. Esa era una de las características más peligrosas de Lilith Moore, era sagaz, despiadada y rara vez le tenía miedo a algo, por no decir nunca. Le helaba la sangre a cualquiera. Lily observó fijamente a Duppet, con su ridículo trajecito azul pastel de chaqueta y falda, entrecerró los ojos preguntándose si siempre usaba el mismo atuendo o sólo tenía miles de atuendos idénticos. Le echó un ojo a la oficina que ya conocía al derecho y al revés; las tazas con forma de cara de gato seguían acomodadas en un estante de vidrio, todavía tenía cuadros colgados de Elvis Presley y una colección enorme de platos con caras de famosos. —¿Ese Freddie Mercury es nuevo en su colección? —Preguntó Lily, al ver que no obtenía respuesta—. Está cool. —¡Estoy exhausta, Lilith! Eres una insolente, malcriada, cada día tengo que lidiar con un nuevo problema que causas. Desde que pusiste un pie en esta institución no has sido más que un estorbo. ¡Tu padre me pidió de rodillas que te aceptara y yo accedí porque soy buena! —No —la frenó—. Accedió porque fantasea con mi padre, bueno, con cualquiera —se carcajeó—. Pero bah, ese no es asunto mío. Ya le dije, expúlseme. —¿Me estás retando? —Vociferó, exaltada. —No, no. Le estoy diciendo que lo haga. Es lo mejor para ambas. Créame, estar aquí me da arcadas, los baños huelen horrible, como a rata muerta, las clases son tan incompetentes, la profesora Halsey ha intentado reprobarme diez veces sólo porque dije que se acostó con el conserje. ¿Y? No es mi problema que le duela la verdad, pero, bueno. Podría hacerme una carta de recomendación para algún colegio de buena reputación. Como St. Louise Dallen, en lo personal no me disgustan sus uniformes… —¡Cállate, Lilith! ¿No entiendes la gravedad de lo que acabas de hacer? Richard Scott es el hijo del superintendente Scott. ¡El encargado de supervisar alrededor de diez escuelas en el pueblo! Va a cuestionar mi mal manejo de la institución por permitir que esto sucediera. ¡Dejaste casi inconsciente al muchacho! ¿Qué clase de desorden mental tienes, maldita niña psicópata? —Escúchame bien, Amanda —Lily alzó la voz, demandante, sus gélidos ojos azules taladraban con la mirada a la directora—. Yo no tengo la culpa de que ese cerdo me manoseara las nalgas, es culpa de él por creer que puede tocarme sin mi consentimiento y todo estará genial porque es convencionalmente atractivo y tiene a su papi para protegerlo. No es mi problema si consideras que fue una exageración porque no lo fue. Sí, yo reconozco lo mierda que puedo llegar a ser. No negaré las cosas que he hecho, como la vez que le desfiguré la cara a Arnold Popplewell solo porque su cara me parecía fea, o cuando le quemé la bicicleta al conserje, pero seamos sinceras entre nosotras, Amanda… —continuó con una fina sonrisa en sus labios cortados por el golpe—. A usted lo que la molesta tanto es que, si Scott mete sus narices en la preparatoria, se dará cuenta del desfalco que está cometiendo. ¿Las cuotas para arreglar los salones de química? Están muy bien guardaditas bajo su colchón, ¿no? Amanda Duppet palideció tanto que podía confundirse con el tapiz blanquecino detrás de ella. Intentó articular palabra, pero nada era lo suficiente contundente como para enfrentar a la adolescente de tan sólo catorce años. ¿Cómo demonios sabía todo eso? ¿La había estado espiando? Cada día le parecía más diabólica. —¿Cómo sabes eso, niña? ¿Quién te lo dijo? ¡Eso no es cierto! —Me lo acaba de confirmar con esa actitud. Juraría que está por orinarse en la falda. Lily difícilmente podía explicar cómo sabía algo tan específico sobre la directora. Simplemente había llegado a ella, como una especie de idea, tan fuerte que sabía que era realidad. Cada vez se tornaba más extraño todo. —Si no me va a expulsar, yo renuncio, o lo que sea. Pero debería de tener la consideración de darme una carta de recomendación. Así yo no diré nada de su sucio secretito.   No entró a su última clase del día, aprovechó que los corredores y el instituto entero estaba desolado para salir por la puerta principal, sintiéndose triunfal. Ya vería la forma de encontrar otro lugar donde la educación estuviera más a su nivel. Sabía con certeza que jamás volvería a ese lugar. De camino a su casa, ubicada en Magnolia y Luluwell, distinguió a un extraño hombre con las barbas colgándole hasta el ombligo, vestía una túnica morada y llevaba unos lentes oscuros muy pasados de moda que lo hacían ver bastante extraño. Hizo una mueca, algo perturbada. De seguro era uno de esos locos que hacían cosplay. Probablemente de algún personaje de El Señor de los Anillos. Caminó al menos tres cuadras cuando lo vio doblar hacia la derecha, lado contrario al que ella iba. Se olvidó del hombre al poco tiempo, sólo podía pensar en lo que Damiel le diría una vez que llegara a casa. Era viernes, su día de descanso, por lo que probablemente estaba sentado frente al televisor con unos nachos y una coca-cola. Al llegar a su pequeño hogar, subió los cuatro escalones del pórtico y rebuscó en su mochila para sacar las llaves. Giró la llave dos veces, una a la izquierda y otra a la derecha. Al abrirse la puerta, sacó la llave y se adentró a su hogar. Inhaló el suave aroma a estofado. Agradeció que podría comer un poco antes de llevarse el regaño de su vida, aunque con el labio tan hinchado, no creía tolerar nada que no fuera agua o una gelatina. —Qué bueno que llegaste, Lily. Te estaba esperando —dijo una voz bastante ronca para ser la de Damiel. Lily abrió los ojos de par en par. Ante ella apareció el mismo hombre que había visto minutos atrás.
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