Sin pensarlo, soltó un agudo grito pidiendo auxilio. En su mente pasaban mil y un ideas acerca de la identidad de aquel hombre tan extraño. El hombre no se inmutó al ver dicha acción, para terror de Lily, las cosas se tornaron más espeluznantes cuando Damiel apareció detrás del hombre y le mostró una sonrisa comprensiva.
—Cariño, no te asustes. Es un amigo mío —musitó acercándose hasta su hija y sobándole los hombros—. Él es el señor Alec Dollengur, el primer ministro.
—¡¿Qué?! Primer ministro mis nalgas, este hombre parece salido de la edad media y con esos lentes da miedo.
—Así que lo que me contaste es cierto, Damiel. Lily tiene la lengua un poco… floja —comentó con cautela el hombre. Se quitó las gafas oscuras dejando ver una enorme herida en su ojo izquierdo que le heló la sangre a Lily. Se veía bastante grave—. Lamento haberte incomodado con esto, aún no me acostumbro a la moda crieter.
—¿Crieter? Oiga… ¿qué le pasó en el ojo?
—¿Por qué no vamos a la estancia para hablar los tres, cariño? —Se apresuró a interrumpir Damiel, mostrándole una sonrisa—. Señor Dollengur, es por aquí…
Los tres se encaminaron a la sala, Lily permaneció en silencio. Realmente sentía curiosidad por entender lo que sucedía, ¿quién era ese hombre tan extraño? ¿Desde cuándo Damiel tenía amigos?
Damiel le hizo una señal a su hija adoptiva para que se sentara, ésta obedeció sin pronunciar nada. Se sentó junto a él en el sillón, mientras que aquel señor se sentó frente a ellos.
—Lily, el señor Dollengur te quiere hablar sobre algo… —se atrevió a decir—. Es de suma importancia, y entiendo si no lo comprendes todavía, pero debes escuchar atentamente…
—¿De qué me quiere hablar? —Insistió en saber—. Díganlo de una vez, me ponen los nervios de punta.
Dollengur se aclaró la garganta, al tiempo que asentía repetidas veces. Juntó sus manos y miró a la adolescente.
—Soy Alec Dollengur, primer ministro de Dorelly y también subdirector del colegio Starborn.
Lily soltó una irónica carcajada.
—¿Así que de esto se trata? —Miró a su padre adoptivo—. Dam… sé que la directora te llamó, no era mi intención…
—¿Qué? ¿Qué hiciste? Ay, Lilith. Eres imposible. Pero esto no se trata de tu escuela.
—¿Entonces?
—Cómo te decía, Lily —retomó el hilo de la conversación, manteniendo voz firme—. Soy director de Starborn, un colegio para jóvenes excepcionales… con grandes cualidades…
—¿Superdotados? —indagó, triunfal—. ¡Ja, lo sabía! Y jamás quisiste hacerme caso —espetó mirando a Damiel.
—Sí, pero… no exactamente lo que piensas —dijo Dollengur solemne—. Verás, Lily. Starborn es una escuela de supremo prestigio dentro de Dorelly, en un momento te explicaré sobre eso, estoy seguro que no has escuchado de mi Nación —añadió al ver que la rubia estaba por interrumpirlo—. Es una escuela para jóvenes con… magia.
¿Dijo magia?
Lily frunció el ceño, pasó su mirada de Damiel al señor Dollengur.
—¿Magia? ¿Es director de una escuela de trucos de magia? Vaya, eso es un poco patético. Ahora entiendo el porqué de su… atuendo tan raro.
—¡Cierra la boca, Lilith! —Damiel alzó la voz, poniéndose rojo de la vergüenza. No podía creer como le estaba hablando al señor Dollengur.
—No te preocupes, Damiel. Entiendo que Lily posee un carácter un poco… especial. Comprendo que no entiendas lo que te digo, Lily —habló de nuevo, dirigiéndose a la adolescente. El anciano mantenía la compostura a la perfección—. Damiel es un mago y tú eres una bruja. Algo oí de que puedes pillar los pensamientos de los demás, ¿no? Sabes cosas de ellos que jamás te dijeron, ves imágenes en tu cabeza que van y vienen, recuerdos que no parecen ser tuyos. Damiel te lo ocultó por tu seguridad.
De pronto, lo que ese señor decía, no parecía tan descabellado… Lily se había rodeado de sucesos sin aparente explicación desde que tenía uso de razón, más anécdotas de las que podía nombrar. El hecho de poder saber lo que los demás pensaban no era ni lo más loco que le había sucedido.
—Pruébelo —lo retó.
Dollengur asintió, con una pequeña sonrisa.
—Sé que te preguntabas como es que me habías visto irme en dirección contraria cuando venías camino aquí, la realidad es que yo tengo dos horas aquí, charlando con Damiel. Lo que viste fue mi fairneci, o como lo llaman los crieters, un holograma. Estaba vigilando que llegaras con bien.
—Cariño, corres peligro en este momento —prosiguió Damiel, que muy apenas había pronunciado una que otra palabra. Soltó un suspiro y continuó—. Por eso está aquí el ministro Dollengur, necesitamos ir a Dorelly.
—¿En peligro? ¿Qué clase de peligro? ¡Dejen de decir todo a medias! No creo un carajo. Quiero que lo prueben ahora mismo.
Damiel chasqueó los dedos y en un parpadeo, Lily tenía una cinta en la boca.
—No sabes cuantas veces me he reprimido para no hacer eso, cariño. ¿Escucha eso, ministro Dollengur?
—No se escucha nada, Damiel.
—Exacto, no puedo decir eso a menudo. Lily no se calla jamás.
Lily se arrancó la cinta de la boca de inmediato, la hizo bolita y se la lanzó furiosa a Damiel.
—Eso no prueba nada, idiota.
—Descubrirás que la magia existe en el momento en que lleguemos a Dorelly, querida Lily —anunció el ministro, manteniendo la paciencia—. Te sugiero que recojas tus cosas, partiremos en la noche. Estando allá, te explicaré todo. Tu historia con la magia, por qué corres peligro y lo que está sucediendo en Dorelly. Eres una pieza clave para la Nación.
Sólo podía pensar en el hecho de que Damiel se había vuelto loco de un día para otro. ¿Debería huir? ¿Y si todo lo que decían era cierto? Nada tenía sentido.
Al entrar a su recamara, lanzó su mochila y se apresuró a encender su laptop. Una vez encendida, abrió el buscador y tecleó frenéticamente “Dorelly”
Cero resultados. Ni un maldito resultado.
Eso tenía que ser una broma bien elaborada por parte de Damiel. ¿Había contratado a un actor? ¿Planeaba llevarla a un colegio de monjas?
—¡Eh, Damiel! —gritó Lilianne, sabiendo que posiblemente la escuchaba—. ¡Ven y arma mi equipaje con tu jodida magia si es cierto lo que dices!
Damiel apareció en su cama de la nada, mirándola con una sonrisa divertida. Lily casi se cae de la silla del enorme susto que le dio. Hizo un movimiento perpendicular con la mano derecha, provocando que los cajones de la cómoda y el armario, se abrieran de par en par, las prendas empezaron a flotar por toda la habitación, como un enorme remolino. Lily no podía creer lo que sus ojos veían. ¡Damiel era un maldito mago! ¿Cuántas veces no pudo usar eso a su favor para conseguir lo que quería?
Hizo un movimiento paralelo y una maleta roja apareció a mitad del suelo de la habitación, toda la ropa empezó a acomodarse en la maleta, por último, se cerró. Así. Sin más.
—De nada, malcriada. Ninguno de tus artefactos electrónicos funciona en Dorelly, es mejor que los dejes aquí. Empaca lo que te falte, la maleta no tiene fondo, así que puedes llevarte hasta al perro de la señora Dougherty.
Había cientos de cosas que Lily necesitaba saber, pero, todo a su tiempo.