Capítulo tres: Bienvenida a Dorelly

2597 Words
Llegar a la mística nación de Dorelly no fue nada fácil, pese a que Dollengur era uno de los mejores magos del mundo, no podía romper las reglas establecidas. La única entrada existente que se encontraba en el mundo de los crieters (Lily captó que así se les llamaba a los humanos) se estaba moviendo constantemente. Se encontraba en el bosque donde la luna proyectara una sombra en forma de dragón (Lily no creía que existiera un lugar así, sin embargo, existía). El bosque estaba en Holanda. Por primera vez en su vida, la adolescente utilizó la maravillosa transmutación: la capacidad de tele-transportarse. ¡Era la habilidad más fuerte de Damiel y ella no lo sabía horas atrás! Al llegar al bosque, Lily pudo apreciar los enormes encinos que surcaban miles de kilómetros, casi podían alcanzar el cielo. El bosque se encontraba en total silencio, casi aterrorizante. No había un solo ruido. El ministro Dollengur se apresuró a sacar una especie de varita (Lily había visto unas cuantas películas de fantasía y no se parecían en nada), era puntiaguda y alargada. De color verde con chispas que salían sin control. Damiel le explicó entre susurros que no era una varita normal, sino una para potencializar energías. Iba a utilizar la energía de los tres para abrir el portal. —¡Ilugnati doregnai samal! —bramó el anciano, la varita se alzó por los aires girando sin parar. Era todo un espectáculo y Lily aún seguía sin poder entender como su vida había cambiado drásticamente en cuestión de horas. ¡Damiel ni siquiera se había dado cuenta de que tenía el labio hinchado! ¿Qué era tan peligroso como para huir, así como así? ¿Desde cuándo poseía poderes? ¿Cuál sería su poder especial? ¿Leer los pensamientos de los demás? Mientras la muchacha se interrogaba sin parar, la varita surcó literalmente por el cielo y regresó al suelo con una fuerza arrasadora, hasta terminar enterrándose en la tierra, como si fuera una espada en una piedra. El suelo en sus pies comenzó a moverse y todos se tambalearon ligeramente. La Luna, impetuosa y brillante, formó una sombra, como de un dragón escupiendo chispas de fuego. —Agárrense de las manos y repitan después de mí —ordenó Dollengur, agarrándole la mano a Lily con fuerza, Damiel hizo lo mismo—. Iredesel Mandonater —Iredesel Mandonater —repitieron Damiel y Lily al unisono. —Scuti Dorelly ai odenare. —Scuti Dorelly ai odenare —continuaron. —¡Alevosia camadagu Dorelly! —gritó Dollengur. —Alevosia camadagu Dorelly —Damiel y Lily le siguieron el ritmo. Después de pronunciar aquellos canticos, la tierra comenzó a abrirse, la varita se sacudía una y otra vez, hasta que los tres fueron absorbidos por un agujero. Lily sintió un gancho estirándole el ombligo. La cabeza le daba vueltas y sentía como si los ojos fueran a explotarle. —¡No me sueltes, Lily! —Gritó Damiel, el aire chocaba con violencia sobre sus caras y la caída parecía interminable—. Ay, me voy a vomitar. De pronto, cayeron sobre unos matorrales y Lily no aguantó las ganas de vomitarse. Damiel hizo lo mismo. El ministro los observaba con una pizca de diversión, formó una sonrisilla, el condenado había caído de pie, con una elegancia innata. —Bienvenida a Dorelly, Lilith. Encontrarás tu verdadero hogar aquí, y estarás a salvo —le ofreció su mano para ayudarla a levantarse, ésta la aceptó, dudosa. —¿Por qué estoy aquí, señor Dollengur? —Porque es tu hogar. —Mi hogar ha sido Snowhill desde que puedo recordarlo, no es un sitio que me guste, pero viví ahí siempre. —Incorrecto. Viviste aquí los dos primeros años de tu vida. Damiel seguía vomitando, sin poder levantarse. Se frotó la barriga y se limpió el rostro con la manga de su suéter. —¿Estás bien, Damiel? —preguntó el anciano—. Sé que habías perdido un poco la práctica, normalmente entras por la puerta principal siempre que vienes. —¿Puerta principal? —Indagó la rubia—. Esto es una entrada clandestina, ¿eh? ¿Así que no es la única que existe como usted dijo? —Todo a su tiempo, Lily. Estás por averiguar todo. Los llevaré a mi casa, ahí se resguardarán por algunos días. Damiel, ¿tienes fuerza suficiente para realizar la transmutación? —¡Por supuesto que puedo! ¡Es mi especialidad! —se apresuró a refutar. Alec Dollengur asintió con una sonrisa, posó la mano izquierda en la cabeza de Lily, después hizo lo mismo con Damiel, con su mano izquierda. En un segundo ya se encontraban en una enorme mansión con preciosos ventanales que daban una vista al mar. ¿Dorelly tiene una playa? ¿Dónde demonios queda Dorelly? —Aquí vivirán hasta que sean asignados oficialmente a un distrito, bueno, más bien tú, Damiel. Lily debe tomar clases en Starborn, ¿no crees? —¡Claro que sí! —No dudó en contestar, con una enorme sonrisa. Era lo que siempre había soñado para su pequeña—. Lily debe recibir la mejor educación, tiene tanto poder y tiene que aprovechar. —Estoy feliz de que pienses así, Damiel. ¿Por qué no subes a descansar? O si así lo prefieres, puedes explorar el lugar. Tengo una reserva propia de criaturas mágicas, recuerdo bien cuanto te gustaban cuando eras adolescente. —¿Eso te parece bien, cariño? —Le preguntó a la rubia. Era como si le pidiera permiso. Lily no pudo evitar sonreír. —Claro que me parece bien, te quiero. —Yo también te quiero. Nadie lo había dicho, pero era más que obvio que Dollengur había mandado a Damiel a otro lugar para tener una buena conversación con la adolescente. Estaba preparada para saber toda la verdad. —Acompáñame a mi despacho, es por aquí… Lily lo siguió en silencio. Caminaron por el extenso pasillo con paredes anchas pintadas de color hueso, había retratos colgados por todos lados, en su mayoría de él con hombres igualmente barbones y con túnicas. Uno que otro de un castillo gigante, alumnos con túnicas largas. Uno llamó su atención y se detuvo en seco al verlo; era idéntico a Damiel, los mismos ojos azules que te dejaban sin palabras, tan profundos e ilegibles, cabello n***o como el alquitrán perfectamente cortado. Estaba acompañado de una muchacha rubia con apariencia impecable, mejillas sonrosadas, ojos azules y una sonrisa perfecta. Ambos se abrazaban con cariño. El ministro notó que su atención estaba dirigida específicamente en esa foto, sin embargo, no dijo nada. —Es de este lado —señaló una puerta blanca. La puerta blanca estaba junto a otras dos, una roja y otra amarilla. Aunque sentía curiosidad de que eran los otros cuartos, no pregunto nada. Lo siguió hasta que él abrió la puerta y la invitó a pasar. El despacho era gigantesco, había una enorme colección de libros apilados en su escritorio. A Lily le sorprendió ver libreros hasta en el techo. ¿Cómo es que no se caían los libros? El lugar estaba dividido en tres pisos. El primero estaba compuesto por un escritorio de caoba con miles de libros a sus alrededores, tres sillas de cuero y unos cuantos estantes detrás del escritorio, para más comodidad. Había una mesa junto a la ventana, donde los objetos más necesarios se hallaban. En el segundo nivel estaban los libros más peligrosos, que sólo un mago de renombre podría leer, tenían claves para la paz y tranquilidad de la humanidad o por defecto, su destrucción. Por último, en el tercer nivel, había toda clase de objetos; desde calderos hasta pociones etiquetadas con palabras en un idioma extraño. Lily no podía dejar de mirar la estatua que se encontraba en una esquina. Era una mujer con una capucha y de su mano izquierda, salía una bola de energía. Su rostro cincelado se veía feroz. —Ella es la diosa Sypner, nuestra creadora. —¿Nos creó una diosa? —Sí, eso es lo que nosotros creemos. Venimos de una estrella, es decir, Sypner, es una diosa de las estrellas. Al no poder tener hijos, decidió cosechar su semilla en un planeta donde la magia jamás había existido. Así nacimos nosotros, los magos, las brujas. Ella bajó a la tierra y sembró la magia en los vientres de las embarazadas. De ahí vienen nuestros poderes. —¿Alguien la ha visto alguna vez? —Quiso saber la adolescente, los ojos le brillaban de curiosidad. —Muy pocas veces. Hay bastantes avistamientos, pero ninguna aparición real. Muchos creen que su único papel en nuestra historia fue crearnos, pero hay gente con más esperanza como yo, que sabe que nos mira desde donde esté, que nos ayuda a derrotar a los que nos hieren. —Suena muy alentador —comentó Lily. La religión jamás había sido su fuerte. —Siéntate, por favor —Dollengur se sentó en su silla e invitó a la muchacha a hacer lo mismo—. Deduzco que deseas saber todo sobre tu origen. —Si soy una bruja y Damiel también lo es… ¿realmente es mi padre? ¿Qué sucedió con mi madre? ¿Realmente murió en un accidente de tránsito? Dollengur soltó un ligero suspiro. Era muy difícil todo lo que estaba por decir, la pobre niña debería estar con la cabeza hecha un revoltijo. —Damiel no es tu padre y eso siempre lo has sabido, desde muy pequeña él te contó que te adoptó con tu madre, y que ella murió cuando eras muy joven. Esto es cierto, ella murió cuando tenías cinco meses de nacida. Murió aquí en Dorelly. Es por eso que los primeros años de tu vida, viviste aquí, junto a Damiel. Es posible que no lo recuerdes, eras muy pequeña para saber dónde estabas. —¿Por qué murió? ¿Alguien la mató? Alec pensó por bastante tiempo como decir las cosas de una forma adecuada. —Te contaré la historia, pero ten paciencia. Todo empezó en 1991, dos años antes de que nacieras. A decir verdad, nadie sabe la fecha exacta de cuando inició todo. Un mago oscuro robó la tranquilidad de toda la nación, miles de magos y brujas perdieron la vida tras pelear con él, tu madre fue una de ellas. Este mago, era conocido como Levidor, proveniente del ferventés antiguo: hombre sin alma. » Tu madre fue clave para derrotar a Levidor, un hombre que no conocía la piedad, el amor o la cordura. Era un auténtico animal. Pero no siempre fue así… creció en Starborn, como la mayoría de nosotros, fui su maestro, hizo amigos y tuvo una que otra novia. Se casó, con el amor de su vida. Consiguió un trabajo decente y tenía un hermoso hogar, una esposa preciosa; tu madre —Lily se quedó perpleja ante lo que estaba escuchando, antes de poder hablar, Alec continuó—. Pero no era suficiente… tu madre veía como poco a poco se veía consumido por la maldad. Quería más poder del que era sano, quería gobernar el mundo entero y con esto a los crieters, los detestaba. Eso fue algo que todos sabíamos, pero nadie lo creyó capaz de querer erradicarlos, lastimó a cientos de crieters, pero mató a más del setenta por ciento de nuestra población en Dorelly. Al principio, tu madre estaba cegada y creía que estar de su lado era lo correcto… —su voz fue decayendo, le costaba hablar de eso—. Entonces él la ultrajó. Abusó de ella, se le había metido la cruel idea de tener un hijo para robarle los poderes y así estar cerca de ser una deidad. Le robó los poderes a Claire —por primera vez había escuchado el nombre de su madre—. Claire intentó por un año entero no darle un hijo, utilizó muchas pociones para prevenir el embarazo, pero él la descubrió y ya no pudo evitar que nacieras tú. Apenas naciste, Claire te envió conmigo para que yo te protegiera. Fueron sus últimos meses de vida y aprovechó para pelear con él, recuperó un poco de su magia, de una manera no tan decente, pero no hablaremos de eso… Levidor la asesinó, pero esa misma noche murió él. —¿Qué? ¿Lo mataron? ¿Quién? ¿Pudo quitarme los poderes? —Las preguntas salían disparadas a toda velocidad de su mente. Cientos de imágenes se creaban en su cabeza, intentaba imaginarse lo que había sufrido su madre, siendo abusada, con miedo… —No, no te robó los poderes. Tu madre se encargó de crear un hechizo de protección para ti. Hasta los diecinueve, que es la mayoría de edad aquí, tienes un hechizo de encubrimiento, Levidor no podría encontrarte tan fácilmente. —Pero dijo que murió. —Harvey Peacock asesinó a Levidor —pronunció, con cierto orgullo—. Harvey tenía apenas dos años. —¿Qué? ¿Me está diciendo que usted no pudo con ese tipo desquiciado y un niño de dos años lo mató? —No es tan tonto como se oye. Muy pocos lo saben, pero, Harvey fue poseído por la diosa Snyper. Los padres de Harvey murieron esa noche también. Fue un día lleno de pérdidas. Pero antes de morir, le obsequiaron sus poderes a Harvey, mientras invocaban a Snyper. Ella sólo puede poseer los cuerpos con almas puras. Es por esto que en el momento en que ella entró al cuerpo del niño, asesinó a Levidor. No por siempre, él encontró la manera de volver a la vida. Y me temo que está buscándote para terminar lo que empezó. —¿Quiere quitarme mi magia? —Sólo si eres más débil que él. Es por eso que quiero que vayas a Starborn, donde los mejores maestros de todo Dorelly te asistirán. Tendrás clases especiales para ir más avanzada que los demás. Esto es lo que siempre has sido, Lily. Una bruja. Te pido disculpas por alejarte de tu hogar. Creí que sería lo mejor para ti, no era un secreto que Claire y Bentley tenían una hija, así que serías repudiada por todos. Damiel decidió ser tu guardián en el mundo crieter. Creo que ha hecho un gran trabajo, ¿no? —Sí, el mejor. —Sé que todo lo que te he dicho es mucho para procesar, entiendo que quieras pensarlo un poco. Hace horas estabas en Snowhill peleándote con un muchacho por acosarte y ahora estás en Dorelly, descubriendo todo. —¿Usted cómo sabe eso? —Oh, pequeña. ¿Quién crees que impidió que Damiel no se enterara de nada? Tuve que borrar muchos recuerdos, pero es mejor eso a que termines en problemas en el mundo crieter. Debes evitar eso. Es una manera en la que él podría encontrarte. Será mejor que vayas a dormir un poco, por la mañana les mostraré toda la mansión. Vivirán aquí hasta que el ciclo escolar en Starborn inicie, tú irás conmigo y Damiel será asignado a un nuevo distrito, con un puesto más importante en el consejo. Algo muy importante que debes saber es que Damiel y tú no se verán por algún tiempo. Nadie, bajo ninguna circunstancia debe saber quién eres. Y no es un secreto que Damiel te cuidó en tus primeros años de vida. Alec condujo a Lily hasta la que sería su habitación por dos meses, se despidió de ella con una sonrisa cordial y la dejó para ponerse cómoda. Sus maletas ya estaban apiladas a un lado del enorme ropero. Lily hizo lo que Dollengur le comentó de “aplaudir” dos veces, con esto las luces de la habitación se encendieron. Observó con más detalle la recámara. Tenía una cama gigantesca en medio, con sábanas de seda, un escritorio en la esquina, un balcón que daba a la playa, baño propio y el clóset. Era pequeño, pero mucho mejor que el cuarto donde ella había dormido toda su vida. Se desvistió y buscó su pijama en la maleta roja que Damiel le había dado. Después de colocársela se dejó caer en la cama y no tardó ni un minuto en dormirse. En un solo día su vida había dado un giro de ciento ochenta grados.
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