Capítulo II. Un alcalde

1180 Words
Capítulo II. Un alcalde ¡La importancia! ¿Es que eso no es nada, caballero? El respeto de los tontos, el pasmo de los niños, la envidia de los ricos, el desprecio del sabio. BARNAVE Afortunadamente para la reputación del señor de Rênal como administrador, el paseo público que va siguiendo la colina y a unos cien pies más abajo del cual corre el Doubs precisaba de un muro de contención. Debe ese paseo a tan admirable emplazamiento una de las vistas más pintorescas de Francia. Pero, todas las primaveras, el agua de las lluvias abría en él surcos, excavaba zanjas y lo convertía en intransitable. Inconveniente tal, del que todo el mundo era consciente, puso al señor de Rênal en la feliz necesidad de inmortalizar su mandato mediante un muro de 20 pies de alto y de entre 30 y 40 toesas de largo. El parapeto de ese muro, para el que el señor de Rênal tuvo que hacer tres viajes a París, pues el penúltimo ministro de Interior había hecho profesión de una enemistad acérrima contra el paseo de Verrières, el parapeto de ese muro, pues, cuenta ahora con una altura de cuatro pies sobre el nivel del suelo. Y, como un desafío a todos los ministros pasados y presentes, lo están cubriendo ahora mismo con un revestimiento de sillería. ¡Cuántas veces, pensando en los bailes de París, dejados atrás la víspera, y apoyando el pecho en esos grandes bloques de piedra de un hermoso tono gris que tira al azul, he hundido la vista en el valle del Doubs! Allá, en la orilla izquierda, serpentean cinco o seis valles en cuyo fondo la mirada vislumbra perfectamente unos cuantos riachuelos. Tras haber ido fluyendo, de cascada en cascada, los vemos ir a dar al Doubs. El sol calienta mucho en esas montañas; cuando cae a plomo; unos plátanos soberbios resguardan en esa terraza el ensimismamiento del viajero. Ese crecimiento veloz y esas hermosas frondas, tirando a azuladas, se las deben a la tierra que trajeron y el señor alcalde mandó colocar detrás de su gigantesco muro de contención, pues, pese a la oposición del concejo, ensanchó el paseo en más de seis pies (y aunque él sea ultra y yo, liberal, se lo alabo); por eso, según él y según el señor Valenod, el venturoso director del depósito de mendicidad de Verrières, esta terraza puede compararse sin menoscabo con la de Saint-Germain-en-Laye. En lo que a mí se refiere no puedo hacerle sino un reproche al Paseo de la Fidelidad; puede leerse ese nombre oficial en quince o veinte sitios, en placas de mármol que le han proporcionado otra condecoración al señor de Rênal; lo que le reprocharía yo al Paseo de la Fidelidad es la forma salvaje en que la autoridad manda podar y esquilar hasta decir basta esos plátanos vigorosos. En vez de parecerse, con sus cabezas bajas, redondas y achatadas, a la más vulgar de las hortalizas, estarían en la gloria si les permitieran mostrar esas formas magníficas que se les puede ver en Inglaterra. Pero la voluntad del señor alcalde es despótica y, dos veces al año, amputan así, sin compasión, todos los árboles que pertenecen al municipio. Los liberales del lugar, aseguran, pero son unos exagerados, que la mano del jardinero oficial se ha vuelto mucho más severa desde que el señor vicario Maslon ha tomado por costumbre quedarse con el producto del esquileo. A este sacerdote joven lo enviaron desde Besançon hace unos años para que tuviera vigilados al padre Chélan y a otros cuantos párrocos de las inmediaciones. Un anciano cirujano mayor del ejército de Italia, retirado en Verrières y quien, en vida, era a la vez, según el señor alcalde, jacobino y bonapartista, tuvo un día el atrevimiento de quejarse a este de la mutilación periódica de aquellos árboles tan hermosos. —Me gusta la sombra —contestó el señor de Rênal, con el matiz altanero oportuno cuando se le habla a un cirujano que tiene la Legión de Honor—, me gusta la sombra, mando podar mis árboles para que den sombra y no me cabe en la cabeza que un árbol valga para otra cosa, a menos que, como lo hace el provechoso nogal, reporte ingresos. Esa es la magna expresión que lo decide todo en Verrières: reportar ingresos. Representa, sin necesidad de ningún otro acompañamiento, la forma de pensar habitual de más de las tres cuartas partes de los vecinos. Reportar ingresos es la razón que lo decide todo en esta población que tan bonita nos había parecido. El forastero a quien, al llegar, seduce la belleza de los valles frescos y hondos que la rodean, piensa de entrada que los vecinos tienen sensibilidad para lo hermoso; se pasan la vida hablando de la belleza de su comarca; no se les puede negar que no la tengan muy en cuenta; pero es porque atrae a algunos forasteros cuyo dinero enriquece a los fondistas, hecho que, por el sistema de los arbitrios municipales, le reporta ingresos a la ciudad. Paseaba un hermoso día de otoño el señor de Rênal por el Paseo de la Fidelidad, dando el brazo a su mujer. Mientras escuchaba a su marido, que hablaba con expresión solemne, la mirada de la señora de Rênal iba siguiendo con inquietud los movimientos de tres niños. El mayor, que podía andar por los once años, se acercaba con excesiva frecuencia al parapeto y daba muestras de querer subirse a él. Una voz dulce pronunciaba entonces el nombre de Adolphe y el niño renunciaba a su ambicioso proyecto. La señora de Rênal parecía andar por los treinta años, pero era aún bastante guapa. —Podría ocurrir que tuviera que arrepentirse, ese señor tan aparente que viene de París —decía el señor de Rênal con expresión ofendida y las mejillas aún más pálidas que de ordinario—. No me faltan unos cuantos amigos en Palacio… Pero, aunque pretendo hablarle al lector durante 200 páginas de lo que sucede en provincias, no seré tan bárbaro como para hacerle soportar la longitud y la circunspección rebuscada de un diálogo provinciano. El señor tan aparente que venía de París y a quien tanto aborrecía el alcalde de Verrières no era otro que el señor Appert, quien, dos días antes, había hallado medio de colarse no solo en la cárcel y el depósito de mendicidad de Verrières, sino también en el hospital, de cuya administración gratuita se hacían cargo el alcalde y los principales propietarios del lugar. —Pero —decía tímidamente la señora de Rênal— ¿en qué puede perjudicarlo ese señor de París ya que administra usted los bienes de los pobres con la probidad más escrupulosa? —Solo viene a derramar reprobación; y luego mandará poner artículos en los periódicos del liberalismo. —Si no los lee nunca, mi buen amigo. —Pero nos hablan de esos artículos jacobinos; todas esas cosas nos distraen y nos impiden hacer el bien [2] . En lo que a mí se refiere, nunca se lo perdonaré al párroco.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD