Capítulo III. El bien de los pobres

1997 Words
Capítulo III. El bien de los pobres Un párroco virtuoso y sin intrigas es una Providencia para la población. FLEURY Es preciso saber que el párroco de Verrières, un anciano de ochenta años, pero que le debía al aire saludable de esas montañas una salud de hierro y un carácter no menos férreo, podía visitar a cualquier hora la cárcel, el hospital e incluso el depósito de mendicidad. Fue precisamente a las seis de la mañana cuando el señor Appert, que venía desde París encomendado al párroco, tuvo la sensatez de llegar a una ciudad pequeña y curiosa. Fue en el acto a la rectoría. Al leer la carta que le escribía el señor marqués de La Mole, senador de Francia y el propietario más rico de esa provincia, el padre Chélan se quedó pensativo. —Tengo muchos años y aquí me quieren —se dijo por fin a media voz—. ¡No se atreverían! Acto seguido se volvió hacia el caballero de París con una mirada en que, pese a su avanzada edad, brillaba ese fuego sagrado que anuncia la satisfacción por llevar a cabo una acción noble y un tanto peligrosa: —Venga conmigo, caballero, y cuando estén delante el carcelero y, sobre todo, los vigilantes del depósito tenga a bien no manifestar ninguna opinión acerca de las cosas que veamos. El señor Appert comprendió que estaba en presencia de un hombre de bien: fue en pos del venerable párroco, visitó la cárcel, el hospicio, el depósito, hizo muchas preguntas y, pese a recibir respuestas peculiares, no se permitió la mínima señal reprobatoria. La visita duró varias horas. El párroco invitó a comer al señor Appert, que alegó que tenía que escribir unas cartas: no quería comprometer a su generoso acompañante. A eso de las tres, fueron ambos a concluir la inspección del depósito de mendicidad y regresaron después a la cárcel. Al llegar, se encontraron en la puerta al carcelero, una especie de gigante de seis pies de alto y patizambo; el terror había convertido en repulsiva su cara abyecta. —¡Ay, padre! —le dijo al párroco nada más verlo—. ¿Este caballero que viene con usted no es el señor Appert? —Y ¿eso qué más da? —dijo el párroco. —Es que desde ayer tengo órdenes rigurosas, y que el señor prefecto envió con un gendarme, que debió de pasarse la noche a caballo, de no dejar entrar al señor Appert en la cárcel. —Le comunico, señor Noiroud —dijo el sacerdote—, que este viajero que viene conmigo es el señor Appert. ¿Reconoce que estoy autorizado para entrar en la cárcel a cualquier hora del día y de la noche acompañado de quien yo quiera? —Sí, señor párroco —dijo el carcelero en voz baja y agachando la cabeza como un bulldog al que el temor al palo obliga a obedecer contra gusto—. Pero, señor párroco, es que tengo mujer e hijos: si me denuncian, me echarán; solo tengo este cargo para vivir. —A mí también me contrariaría mucho quedarme sin el mío —dijo el bondadoso párroco con voz cada vez más afectada. —Menuda diferencia —respondió con vehemencia el carcelero—. Usted, señor párroco, ya sabemos que tiene 800 libras de renta y buenas fincas. Tales son los hechos que, comentados y exagerados de veinte formas diferentes, llevaban dos días poniendo en danza todas las pasiones rencorosas de la ciudad de Verrières. En este momento en eso consistía la somera charla que el señor de Rênal tenía con su mujer. Por la mañana, llevando consigo al director del depósito de mendicidad, había ido a casa del párroco para ponerlo en antecedentes del más vehemente descontento. El padre Chélan no era el protegido de nadie; se percató a la perfección del alcance de lo que le estaban diciendo. —¡Bien está, caballeros! Seré el tercer párroco a quien, con ochenta años de edad, destituyan en estos contornos. Llevó aquí cincuenta y seis años; he bautizado a casi todos los vecinos de la ciudad, que no era sino un poblachón cuando llegué. Caso a diario a jóvenes a cuyos abuelos casé tiempo ha. Verrières es mi familia; pero me dije, al ver al forastero: «Este hombre que viene de París puede ser, desde luego, un liberal; demasiados hay». Pero ¿qué daño puede hacerles a nuestros pobres y a nuestros presos? Y, al ir creciendo los reproches del señor de Rênal, y sobre todo los del señor Valenod, el director del depósito de mendicidad, el anciano párroco exclamó con voz trémula: —¡Bien está, caballeros! Dispongan que me destituyan. No por eso voy a irme de la comarca. Sabido es que hace cuarenta y ocho años heredé una tierra que me reporta 800 libras. Viviré con esa renta. Yo no saco ahorros de este cargo mío, caballeros, y a lo mejor es por eso por lo que no me asusto tanto cuando me hablan de dejarme sin él. El señor de Rênal vivía en muy buenas relaciones con su mujer; pero, al no saber qué contestarle a este pensamiento que ella le repetía con timidez: «¿Qué daño puede hacerles este caballero de París a los presos?», estaba a punto de enfadarse del todo cuando esta dio un grito. El segundo de sus hijos acababa de subirse al parapeto del muro de la terraza y corría por él aunque dicho muro estuviera a más de veinte pies por encima del viñedo que se halla del otro lado. El temor de asustar a su hijo y que se cayera impedía a la señora de Rênal decirle nada. Por fin el niño, que se reía con su proeza, vio, al mirar a su madre, lo pálida que estaba, bajó al paseo de un salto y fue hacia ella. Se llevó una buena reprimenda. Este incidente cambió el curso de la conversación. —Estoy completamente decidido a que venga a casa Sorel, el hijo del serrador de tablones —dijo el señor de Rênal—; vigilará a los niños, que están empezando a ser demasiado de la piel del diablo para nosotros. Es un sacerdote joven, o como si lo fuera, que sabe bien el latín, y los niños progresarán con él, porque, según dice el párroco, tiene firmeza de carácter. Le pagaré 300 francos y la manutención. Tenía ciertas dudas acerca de su índole moral, porque era el Benjamín de ese cirujano viejo que es m*****o de la Legión de Honor, quien, so pretexto de ser primo suyo, se fue de huésped a casa de los Sorel. Ese hombre podría muy bien no haber sido, en el fondo, sino un agente secreto de los liberales; decía que el aire de nuestras montañas le sentaba bien para el asma; pero no hay pruebas de eso. Estuvo en todas las campañas de Buonaparte en Italia; y dicen incluso que firmó un no al Imperio en su momento. Ese liberal le enseñaba latín al hijo de Sorel y le dejó todos esos libros que trajo consigo. Así que nunca se me habría ocurrido poner a nuestros hijos a cargo del hijo del carpintero; pero el párroco, la víspera precisamente del suceso que acaba de enemistarnos para siempre, me había dicho que el tal Sorel lleva tres años estudiando teología con idea de entrar en el seminario; así que no es un liberal y sabe latín. Es un arreglo conveniente desde varios puntos de vista —siguió diciendo el señor de Rênal, mirando a su mujer con expresión diplomática—. Valenod está muy ufano de los dos normandos que acaba de comprarse para que tiren de la calesa. Pero sus hijos no tienen preceptor. —Pues podría ser que nos quitara a este. —¿Así que te parece bien mi proyecto? —dijo el señor de Rênal agradeciendo a su mujer con una sonrisa la estupenda idea que se le acaba de ocurrir—. Bueno, pues está decidido. —¡Ay, por Dios, mi buen amigo, qué pronto te decides! —Es que soy hombre de carácter, y bien lo ha visto el párroco. Para qué nos vamos a engañar, aquí estamos rodeados de liberales. Tengo la seguridad de que todos estos comerciantes de tejidos me tienen envidia: dos o tres se están convirtiendo en unos ricachones. Pues me agrada no poco que vean pasar a los hijos del señor de Rênal cuando los lleve de paseo su preceptor. Será algo que imponga. Mi abuelo nos contaba muchas veces que él había tenido, de joven, un preceptor. Me costará cien escudos, pero tenemos que considerarlo un gasto necesario para mantener nuestro rango. Esta decisión repentina dejó muy pensativa a la señora de Rênal. Era una mujer alta, con buen tipo, que había sido la belleza de la comarca, como dicen en esas montañas. Tenía en los andares cierto aire de sencillez y juventud; a un parisino, ese encanto candoroso, colmado de inocencia y animación, habría llegado incluso a sugerirle pensamientos dulcemente voluptuosos. Si hubiera tenido conciencia de esa clase de éxito, a la señora de Rênal le habría dado mucha vergüenza. Nunca habían rondado ese corazón ni la coquetería ni la afectación. El señor Valenod, el acaudalado director del depósito, la había cortejado, a lo que decían, pero en vano, hecho que prestó a la virtud de la señora de Rênal un lustre singular, pues el tal señor Valenod, un joven alto, fornido, de rostro rubicundo y abundantes patillas negras, era una de esas personas zafias, descaradas y escandalosas a quienes llaman en provincias un real mozo. A la señora de Rênal, timidísima y de forma de ser muy irregular en apariencia, le disgustaba sobre todo el continuo ajetreo y las voces destempladas del señor Valenod. El rechazo que sentía por eso que llaman en Verrières alegría le había valido la reputación de estar muy orgullosa de su cuna. No era ella consciente de eso, pero se alegró mucho al ver que los vecinos de la ciudad iban yendo menos a su casa. No ocultaremos que las señoras de esos vecinos la tenían por tonta porque no tenía una política para tratar a su marido y dejaba perder las ocasiones más favorables para que le comprase sombreros bonitos de París o Besançon. Con tal de que la dejasen vagabundear a solas por su hermoso jardín no se quejaba nunca. Era un alma cándida que nunca se había elevado siquiera al nivel de juzgar a su marido y confesarse que la aburría. Suponía, sin formulárselo, que entre marido y mujer no existían relaciones más gratas. Quería sobre todo al señor de Rênal cuando este le hablaba de los proyectos que tenía para los hijos de ambos, de los cuales destinaba uno al ejército, otro a la magistratura y el tercero a la Iglesia. En resumidas cuentas, el señor de Rênal le parecía mucho menos aburrido que todos los demás hombres a quienes conocía. Esta opinión conyugal era sensata. El alcalde de Verrières se había ganado una reputación de hombre ingenioso y, sobre todo, de buen tono merced a media docena de gracias que había heredado de un tío suyo. El anciano capitán de Rênal servía, antes de la Revolución, en el regimiento de infantería del duque de Orléans y, cuando iba a París, frecuentaba los salones del príncipe. Había visto en ellos a la señora de Montesson, a la famosa señora de Genlis y al señor Ducrest, el inventor del Palais-Royal. Esos personajes aparecían con excesiva frecuencia en las anécdotas del señor de Rênal. Pero, poco a poco, el recuerdo de cosas tan delicadas de contar se le hacía cuesta arriba y llevaba algún tiempo refiriendo esas anécdotas suyas relacionadas con la casa de Orléans solo en las grandes ocasiones. Como, por lo demás, era muy educado, salvo cuando se hablaba de dinero, pasaba con razón por ser el personaje más aristocrático de Verrières.
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