Capítulo IV. Un padre y un hijo

1520 Words
Capítulo IV. Un padre y un hijo E serà mia colpa, se cosi è? MAQUIAVELO [3] «¡La verdad es que mi mujer tiene muy buena cabeza! —se decía al día siguiente, a las seis de la mañana, el alcalde de Verrières según bajaba hacia el aserradero de maese Sorel—. Por más cosas que le haya dicho, para conservar la superioridad que me corresponde, no se me había ocurrido que si no me quedo yo con ese curita Sorel, que, por lo que dicen, sabe latín como un ángel, al director del depósito de mendicidad, ese espíritu inquieto, se le podría ocurrir efectivamente la misma idea que a mí y quitármelo. ¡Con qué tono de suficiencia hablaría del preceptor de sus hijos!… Ese preceptor, cuando me pertenezca, ¿llevará sotana?» El señor de Rênal estaba absorto en esa duda cuando vio de lejos a un aldeano, un hombre de cerca de seis pies, quien, ya desde al alba, parecía muy atareado midiendo unas piezas de madera que estaban, a lo largo de la corriente del Doubs, en el camino de sirga. El aldeano no pareció alegrarse mucho al ver que se acercaba el señor alcalde, pues las piezas de madera no dejaban pasar por el camino e infringían las ordenanzas. Maese Sorel, pues de él se trataba, se sorprendió mucho y se alegró aún más con la singular propuesta que le hacía el señor de Rênal para su hijo Julien. No por ello dejó de escucharlo con esa expresión de tristeza descontenta y de desinterés que tan bien sabe adoptar la cazurrería de quienes viven en esas montañas. Esclavos de los tiempos de la dominación española, conservan aún esa característica de la fisonomía del felah egipcio. La respuesta de Sorel no fue de entrada sino el largo recitado de todas las fórmulas de respeto que se sabía de memoria. Mientras repetía esas palabras hueras, con una sonrisa torpona que incrementaba la expresión de falso y casi de bribón que era espontánea en su fisonomía, su imaginación activa de aldeano viejo intentaba descubrir qué motivo podía mover a un hombre de tanta importancia a emplear en su casa al granuja de su hijo. Estaba muy descontento de Julien y era para él para quien le ofrecía el señor de Rênal la paga inesperada de 300 francos anuales; ¡y además mantenido y vestido! Esta última pretensión, que había tenido maese Sorel la genialidad de proponer de repente, también se la había concedido el señor de Rênal. Esta petición le llamó la atención al alcalde. Si Sorel no está encantado de la vida con mi propuesta, como debería estarlo lógicamente, está claro, se dijo, que ha recibido ofertas por otro lado; y ¿de quién pueden proceder sino de Valenod? En vano apremió el señor de Rênal a Sorel para cerrar el trato en el acto; la astucia del viejo aldeano se negó a ello tozudamente; quería, a lo que decía, consultar con su hijo, como si en provincias un padre rico consultase con un hijo que no tiene nada, a menos que sea para guardar las formas. Un aserradero hidráulico se compone de un cobertizo a la orilla de un río. El tejado lo sostiene un armazón que se asienta en cuatro pilares gruesos de madera. A ocho o diez pies de altura, en el centro del cobertizo, puede verse una sierra que sube y baja mientras un mecanismo muy sencillo arrima a esa sierra una pieza de madera. Se trata de una rueda que se mueve por la acción del arroyo que pone en marcha ese mecanismo doble: el de la sierra, que sube y baja, y el que empuja despacio la pieza de madera hacia la sierra, que la convierte en tablones. Según se acercaba a su fábrica, maese Sorel llamaba a Julien con voz estentórea; nadie contestaba. Solo vio a sus hijos mayores, que eran como gigantes, quienes, provistos de grandes hachas, estaban troceando los troncos de abetos que iban a llevar a la sierra. Pendientes de no salirse de la marca negra trazada en la pieza de madera, con cada hachazo separaban virutas enormes. No oyeron la voz de su padre. Este se encaminó al cobertizo; al entrar buscó en vano a Julien en el lugar en que habría debido hallarse: junto a la sierra. Lo vio, cinco o seis pies más arriba, a caballo en una de las vigas del techo. En vez de vigilar atentamente el funcionamiento de toda la maquinaria, Julien estaba leyendo. Nada le resultaba más antipático al anciano Sorel; podría haberle perdonado quizá la complexión delgada, poco apta para los trabajos de fuerza y tan diferente de la de sus hermanos mayores; pero aborrecía esa manía por la lectura; él no sabía leer. En vano llamó a Julien dos o tres veces. La atención que prestaba el joven al libro, mucho más que el ruido de la sierra, le impidió oír la terrible voz de su padre; este, pese a su edad, se subió ágilmente de un salto al árbol sobre el que estaba operando la sierra y, de allí, a la viga transversal que sostenía el tejado. Un golpe violento mandó al arroyo el libro que tenía en las manos Julien; otro golpe, no menos violento, un cachete dado en la cabeza, le hizo perder el equilibrio. Iba a caer doce pies más abajo, entre las palancas de la máquina en movimiento, que lo habrían destrozado, pero su padre lo sujetó con la mano izquierda según caía. —¡A ver, vago! ¿Vas a estar siempre leyendo esos libros tuyos de mala muerte mientas estás de guardia en la sierra? Léelos en buena hora por las noches cuando vas a perder el tiempo a casa del párroco. Julien, aunque aturdido por el fuerte golpe y sangrando, se acercó a su puesto oficial, junto a la sierra. Tenía los ojos llenos de lágrimas, no tanto debido al dolor físico cuanto por haberse quedado sin el libro, por el que sentía adoración. —Baja, borrico, que tengo que hablar contigo. El ruido de la máquina impidió una vez más a Julien oír esa orden. Su padre, que ya se había bajado, quiso ahorrarse el trabajo de subirse otra vez a la maquinaria; fue a buscar una pértiga larga para varear las nueces y le dio con ella en el hombro. No bien llegó Julien al suelo, el anciano Sorel, haciéndolo con rudeza tomar la delantera, lo empujó en dirección a la casa. «¡Dios sabe qué irá a hacerme!», se decía el joven. Al pasar, miró con tristeza el arroyo donde había caído el libro; de todos cuantos tenía era el más querido, el Memorial de Santa Elena [4] . Tenía las mejillas teñidas de púrpura y la vista baja. Era un joven menudo, de entre dieciocho y diecinueve años, de apariencia débil, con rasgos irregulares, pero finos, y la nariz aquilina. Los ojos grandes y negros, que, en los ratos de tranquilidad, anunciaban reflexión y ardor, se los animaba en esos momentos la expresión del odio más feroz. El pelo castaño oscuro le nacía muy abajo, con lo que tenía una frente estrecha, que, en los momentos de ira, le daba una expresión malévola. De entre las incontables variedades de la fisonomía humana, no hay quizá otra que se haya distinguido por una especialidad más llamativa. El talle esbelto y donoso anunciaba más flexibilidad que vigor. Ya desde muy pequeño aquella expresión pensativa a más no poder y aquella palidez extremada habían hecho pensar a su padre que no viviría, o que viviría para ser una carga para la familia. Todos lo despreciaban en casa y él odiaba a sus hermanos y su padre; en los juegos del domingo, en la plaza, siempre perdía. No hacía ni un año que, como era guapo de cara, empezaba a hallar unas cuantas voces amigas entre las muchachas. Todos lo despreciaban por débil y Julien había idolatrado a aquel anciano cirujano mayor que se había atrevido un día a mencionarle la poda de los plátanos al alcalde. El tal cirujano le pagaba a veces a Sorel el jornal del hijo y le enseñaba latín e historia, es decir la historia que él sabía, la campaña de Italia de 1796. Al morirse, le legó su cruz de la Legión de Honor, los pagos vencidos de su media paga y treinta o cuarenta tomos, el más valioso de los cuales acababa de irse de cabeza al arroyo público, que las influencias del señor alcalde habían permitido desviar. Nada más entrar en casa, Julien notó que le sujetaba el hombro la mano robusta del padre; temblaba, esperando unos cuantos golpes. —Contéstame sin mentir —le gritó en los oídos la voz dura del viejo aldeano, mientras le hacía darse la vuelta con la mano, igual que un niño le da la vuelta a un soldado de plomo. Los ojos grandes y negros, llenos de lágrimas, se encararon con los ojillos grises y malévolos del antiguo carpintero, que parecía como si quisiera leer en él hasta lo más hondo del alma.
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