Capítulo V. Una negociación

2810 Words
Capítulo V. Una negociación Cunctando restitutuit rem. [5] ENNIO —Contéstame sin mentir, si es que puedes, maldito leedor: ¿de qué conoces a la señora de Rênal y cuándo has hablado con ella? —Nunca he hablado con ella —contestó Julien—. Nunca he visto a esa señora salvo en la iglesia. —Pero la habrás mirado, so descarado. —¡Nunca! Ya sabe que en la iglesia solo veo a Dios —añadió Julien, con una pintilla hipócrita muy adecuada, según él, para alejar el regreso de los cachetes. —Pues algo hay detrás de todo esto —replicó el avispado aldeano; y calló por unos momentos—; pero no será por ti por quien me entere, maldito hipócrita. Por cierto, voy a verme libre de ti y eso que saldrá ganando mi aserradero. Te has metido en el bolsillo al señor párroco, o a cualquier otro, y te ha conseguido un buen puesto. Ve a recoger tus cosas y te llevo a casa del señor de Rênal, donde vas a ser el preceptor de sus hijos. —Y ¿cuánto me van a dar por eso? —Mantenido, vestido y trescientos francos de sueldo. —No quiero ser criado. —Y ¿quién te habla de ser criado, borrico? ¿Iba a querer yo que un hijo mío fuera criado? —Pero ¿con quién voy a comer? Esta pregunta desconcertó a Sorel, notó que si hablaba de eso podría cometer alguna imprudencia; se enfadó con Julien, lo colmó de insultos, acusándolo de glotonería, y se fue a consultar a sus otros hijos. Julien no tardó en verlos, apoyados ambos en su hacha, y deliberando. Tras mirarlos un buen rato, Julien, al ver que no podía intuir nada, se fue del otro lado del aserradero para evitar que lo pillasen por sorpresa. Quería pensar en esa noticia imprevista que le cambiaba el destino, pero se notó incapaz de prudencia; se le iban todos los pensamientos a imaginar lo que vería en la espléndida casa del señor de Rênal. «Hay que renunciar a todo eso —se dijo— antes que someterse a comer con los criados. Mi padre querrá obligarme; antes muerto. Tengo ahorrados quince francos con cuarenta céntimos; esta noche me escapo; dentro de dos días, por atajos en los que no tengo que temer encontrarme con ningún gendarme, estoy en Besançon; allí me alisto de soldado y, si hace falta, me voy a Suiza. Pero entonces se acabó cualquier progreso, se acabó para mi cualquier ambición, se acaba ese estupendo estado de sacerdote que es el camino para todo.» Aquel rechazo a comer con los criados no era espontáneo en Julien; para alcanzar la fortuna habría hecho cosas mucho más penosas. Tomaba esa repugnancia de las Confesiones de Rousseau. Era el único libro en que hallaba apoyo su imaginación para figurarse el mundo. Ese, la recopilación de los boletines del ejército napoleónico y el Memorial de Santa Elena eran sus tres libros de cabecera. Habría dado la vida por esas tres obras. Nunca creyó en ninguna otra. Por citar una frase del anciano cirujano mayor, consideraba que todos los demás libros del mundo eran unos embusteros y los habían escrito unos pérfidos para medrar. Junto con un alma ardiente, Julien tenía una de esas memorias pasmosas que tantas veces van unidas a la simpleza. Para ganarse al anciano padre Chélan, del que veía claramente que dependía su porvenir, se había aprendido de memoria el Nuevo Testamento entero en latín; se sabía también el libro Sobre el papa del señor de Maistre, y creía igual de poco en los dos. Como de mutuo acuerdo, Sorel y su hijo evitaron hablarse ese día. Al anochecer, Julien fue a que le diera el párroco la clase de teología, pero no le pareció prudente decirle nada de la peculiar propuesta que le habían hecho a su padre. «A lo mejor es una trampa —se decía—; tengo que hacer como si se me hubiera olvidado.» Al día siguiente, muy temprano, el señor de Rênal mandó llamar a Sorel, quien, tras hacerse esperar una hora o dos, llegó por fin, presentando desde la puerta cien disculpas, trenzadas con otras tantas reverencias. A fuerza de pasar revista a todo tipo de objeciones, Sorel se enteró de que su hijo comería con los señores de la casa y, cuando hubiera invitados, él solo con los niños en un cuarto aparte. Cada vez más dispuesto a poner pegas según iba viendo qué auténtico y apremiante era el interés del señor alcalde, y rebosante, por lo demás, de desconfianza y extrañeza, Sorel quiso ver el cuarto en que dormiría su hijo. Era una habitación amplia y muy decentemente amueblada, pero a la que estaban ya llevando las camas de los tres niños. Esta circunstancia fue un rayo de luz para el viejo aldeano; dijo en el acto, muy seguro de sí mismo, que quería ver el traje que le iban a proporcionar a su hijo. El señor de Rênal abrió su escritorio y sacó cien francos. —Que vaya su hijo con este dinero al comercio del señor Durand, el pañero, a recoger un traje n***o completo. —Y aunque lo sacase yo de su casa de usted —dijo el campesino, que había echado al olvido de repente los modales reverenciosos—, ¿podría quedarse con el traje? —Desde luego. —Bien está —dijo Sorel, arrastrando las palabras—; ya solo nos queda ponernos de acuerdo en una cosa, en el dinero que le va usted a dar. —¡Cómo! —exclamó el señor de Rênal, indignado—. En eso estamos de acuerdo desde ayer: doy trescientos francos; creo que es mucho y quizá es incluso demasiado. —Eso fue lo que ofreció, no lo niego —dijo Sorel, hablando aún más despacio. Y, con un empuje de genialidad que solo asombrará a quienes no conozcan a los campesinos del Franco Condado, añadió, mirando fijamente al señor de Rênal—: hay quien ofrece más. Al oír estas palabras, se le alteró la cara al alcalde. Se recobró, no obstante, y, tras una elaborada conversación de dos horas largas, en que ni una palabra fue casual, la cazurrería del aldeano pudo a la cazurrería del hombre acaudalado, que no la necesita para vivir. Se fijaron los numerosos artículos por los que había de regirse la nueva vida de Julien; no solo quedó acordado un sueldo en 400 francos, sino que fue menester pagarlos por adelantado, el día primero de cada mes. —Está bien; le entregaré 35 francos —dijo el señor de Rênal. —Para que la cantidad sea redonda, a un hombre rico y generoso como nuestro señor alcalde —dijo el aldeano con voz mimosa— no le importará llegar a los 36 francos. —Sea —dijo el señor de Rênal—, pero acabemos de una vez. La ira que sentía por todo aquello le prestaba un tono de firmeza. El aldeano vio que no había que seguir adelante. Entonces le tocó hacer algún progreso al señor de Rênal. No quiso de ninguna manera entregarle la primera mensualidad de 36 francos a Sorel, muy ansioso por recibirlos en nombre de su hijo. El señor de Rênal cayó en la cuenta de que tendría que contarle a su mujer el papel que había desempeñado en toda aquella negociación. —Devuélvame los cien francos que le he dado —dijo de mal humor—. El señor Durand me debe una cosilla. Ya iré yo con su hijo a recoger el paño n***o. Tras esta decisión briosa, Sorel volvió prudentemente a sus expresiones respetuosas; duraron un cuarto de hora largo. Finalmente, viendo que estaba claro que no se le podía sacar ningún provecho más, se retiró. Su última reverencia concluyó con estas palabras: —Voy a mandar a mi hijo al palacio. Ese era el nombre que los administrados del señor alcalde le daban a su casa cuando querían tenerlo contento. Al volver a la fábrica, Sorel buscó en vano a su hijo. Desconfiando de lo que pudiera ocurrir, Julien se había ido en plena noche. Había querido dejar en lugar seguro sus libros y su cruz de la Legión de Honor. Lo había llevado todo a casa de un joven que tenía un comercio de madera, un amigo suyo que se llamaba Fouqué y vivía en la elevada montaña a cuyos pies se halla Verrières. Cuando regresó, le dijo su padre: —¡Dios sabe, maldito vago, si tendrás alguna vez la decencia suficiente para pagarme el valor de lo que te has comido y que te llevo adelantando desde hace tantos años! Coge tus pingos y vete a casa del señor alcalde. Julien, extrañado de que no le pegase, se apresuró a irse. Pero no bien estuvo fuera del alcance de la vista de su terrible padre, aminoró el paso. Le pareció que hacer un alto en la iglesia le vendría bien a su hipocresía. ¿Le sorprende al lector esa palabra? Antes de llegar a tan horrorosa palabra, al alma del joven aldeano había tenido que recorrer un buen trecho. En la primera infancia, la presencia de unos cuantos dragones del 6º regimiento, de largas capas blancas y llevando en la cabeza cascos con largas crines negras, que regresaban de Italia y a quienes Julien vio atar los caballos a la reja de la ventana de la casa de su padre, lo volvió loco por la profesión de militar. Más adelante, atendía entusiasmado a los relatos de las batallas del puente de Lodi, de Arcole, de Rivoli, que le refería el antiguo cirujano mayor. Se fijó en las miradas ardientes que echaba el anciano a su condecoración. Pero, cuando tenía Julien catorce años, empezaron a edificar en Verrières una iglesia que, para una población tan pequeña, podemos calificar de magnífica. Había sobre todo cuatro columnas de mármol cuya vista lo impresionó; se hicieron famosas en la comarca por el odio mortal que despertaron entre el juez de paz y el joven vicario, enviado desde Besançon, que pasaba por ser un espía de la Congregación [6] . El juez de paz estuvo a punto de perder el cargo, o al menos tal era la opinión general. ¿Acaso no se había atrevido a tener una discrepancia con un sacerdote que iba cada quince días, o casi, a Besançon, donde veía, al parecer, al señor obispo? En estas, el juez de paz, padre de familia numerosa, dictó varias sentencias que parecieron injustas; todas ellas fueron contrarias a los vecinos que leían Le Constitutionnel. El partido de las personas de bien se regocijó. Cierto es que se trababa solo de cantidades de tres o de cinco francos; pero una de esas multas pequeñas le tocó pagarla a un fabricante de clavos, padrino de Julien. El hombre, presa de ira, exclamaba: «¡Qué cambio! ¡Y pensar que el juez de paz llevaba más de veinte años pasando por un hombre tan decente!». El cirujano mayor, el amigo de Julien, había muerto. De repente, Julien dejó de hablar de Napoleón, anunció que tenía el proyecto de hacerse sacerdote y lo vieron continuamente, en el aserradero de su padre, entregado al aprendizaje de una biblia en latín que le había prestado el párroco. Este bondadoso anciano, pasmado de sus progresos, se pasaba veladas enteras dándole clases de teología. Julien no mostraba en su presencia más que sentimientos piadosos. ¿Quién habría podido intuir que tras aquella cara de muchacha, tan pálida y tan dulce, se ocultaba la resolución inquebrantable de exponerse a mil muertes antes que no hacer fortuna? Para Julien hacer fortuna era, en primer lugar, salir de Verrières: aborrecía su patria. Todo cuanto veía en ella le helaba la imaginación. Desde la más tierna infancia había pasado por momentos de exaltación. Pensaba entonces con arrobo en que algún día lo presentarían a las mujeres bonitas de París y que sabría conseguir que se fijasen en él mediante alguna acción sonada. ¿Por qué no iba a enamorarse de él alguna de ellas, igual que de Bonaparte, pobre aún, se había enamorado la brillante señora de Beauharnais? Desde hacía muchos años, es posible que no pasase Julien ni una hora de su vida sin decirse que Bonaparte, un teniente ignorado y sin fortuna, se había convertido, con la espada, en el amo del mundo. Aquel pensamiento lo consolaba de sus desdichas, que le parecían grandes, y aumentaba su alegría cuando estaba alegre. La edificación de la iglesia y las sentencias del juez de paz fueron una iluminación repentina; se le ocurrió una idea que le tuvo sorbido el seso unas cuantas semanas y acabó por adueñarse de él con la fuerza que todo lo puede de esa primera idea que un alma apasionada cree que es invención suya. «Cuando consiguió Bonaparte que hablasen de él, Francia temía una invasión; el mérito militar era necesario y estaba de moda. Hoy en día, vemos que sacerdotes de cuarenta años tienen emolumentos de cien mil francos, es decir, tres veces más que los famosos generales de división de Napoleón. Necesitan personas que los secunden. Ahí tenemos al juez de paz, con tan buena cabeza, tan honrado hasta ahora, tan viejo, que se deshonra por temor a desagradar a un vicario joven, de treinta años. Hay que ser sacerdote.» En una ocasión, metido de lleno en su reciente fervor, pues llevaba Julien dos años ya estudiando teología, lo traicionó una irrupción súbita del fuego que le devoraba el alma. Fue en casa del padre Chélan, en el curso de una cena de sacerdotes en que el buen párroco lo había presentado como un prodigio de instrucción: incurrió en una alabanza arrebatada de Napoleón. Se ató el brazo derecho, pegado al pecho, aseguró que se había dislocado el brazo al mover un tronco de abeto y lo llevó dos meses en esta postura incómoda. Tras esta penosa enmienda, se perdonó. Tal era el joven de diecinueve años, pero débil en apariencia y a quien, como mucho, se le podrían haber echado diecisiete, que, con un paquetito debajo del brazo, estaba entrando en la magnífica iglesia de Verrières. La halló oscura y solitaria. Con motivo de una festividad, habían tapado todas las ventanas del edificio con una tela carmesí. El resultado, con los rayos del sol, era una luz deslumbradora, de la categoría más imponente y religiosa. Julien se sobresaltó. Solo en la iglesia, se acomodó en el banco de mejor apariencia. Llevaba las armas del señor de Rênal. En el reclinatorio, le llamó la atención a Julien un trozo de papel impreso, desdoblado, como para que lo leyesen. Fijó en él los ojos y vio: Detalles de la ejecución y de los últimos momentos de Louis Jenrel, ejecutado en Besançon el… El papel estaba roto. Por detrás podían leerse las dos primeras palabras de una línea. A saber: «El primer paso». —¿Quién habrá podido dejar este papel aquí? —dijo Julien. Añadió con un suspiro—. Pobre desdichado, su apellido acaba igual que el mío… —Y arrugó el papel. Al salir, a Julien le pareció ver sangre cerca de la pila del agua bendita; era agua que se había caído: el reflejo de las cortinas rojas que tapaban las ventanas le daba apariencia de sangre. Julien se avergonzó, en resumidas cuentas, de aquel terror secreto. «¿Seré un cobarde? —se dijo—; ¡a las armas!» Esta expresión, tan repetida en los relatos de batallas del viejo cirujano, le parecía heroica a Julien. Se puso de pie y se encaminó rápidamente a casa del señor de Rênal. Pese a sus buenas resoluciones, no bien la vislumbró a veinte pasos de distancia se apoderó de él una timidez invencible. La verja de hierro estaba abierta; le parecía espléndida; tenía que entrar por ella. No era Julien la única persona a quien le turbaba el corazón su llegada a aquella casa. Pensar en ese extraño que, por su cometido, iba a interponerse continuamente entre ella y sus hijos, tenía desconcertada la extremada timidez de la señora de Rênal. Estaba acostumbrada a que sus hijos durmiesen en su cuarto. Por la mañana, había derramado muchas lágrimas al ver cómo se llevaban sus camitas a los aposentos destinados al preceptor. En vano le pidió a su marido que volviesen a llevar a su habitación la cama de Stanislas-Xavier, el más pequeño. La delicadeza propia de la mujer alcanzaba un grado extremo en la señora de Rênal. Tenía en el pensamiento la imagen más desagradable que darse pueda de una persona zafia y despeinada encargada de reñir a sus hijos solo por el hecho de saber latín, una lengua bárbara que tendría la culpa de que los azotasen.
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