¡Talán, talán! ¡Talán, talán! Sonó la campana para el cambio de clase. Pronto se escucharon afuera pasos y voces y manos tocando la puerta, cuando volví a respirar con normalidad levante mi lista al profesor que ya estaba saliendo del aula, por lo que me levanté rápidamente, recogí mi suéter y mochila decidida a correr hacia el baño cuando el profesor volteó su mirada por encima de su hombro. —No pienso permitir que te conviertas en una de esas ratas asquerosas y lo conseguiré sin importar los métodos —me dijo con una voz fría y convencido de lo que estaba diciendo.
Salí corriendo del aula empujándolo levemente a él y atravesando con fuerza el tumulto de jóvenes que se disponían a entrar al salón, me dirigí al baño que, por pertenecer a una institución pensada únicamente para varones, siempre busqué usarlos en los horarios menos concurridos para no toparme con demasiadas personas en esos lugares; sin embargo, entré allí para sorpresa de muchos que aún no sabían que la hija del gobernador merodeaba por allí.
Me encerré en uno de los sanitarios con un olor putrefacto y esperé algunos minutos, cuando dejé de oír voces en el baño, empecé de a pocos a soltar mis lágrimas cada vez con más fuerza mientras volvía a ponerme el suéter, acomodaba mi cabello desempolvaba mi vestuario. Me miré en el descuidado espejo del baño una vez que salí del sanitario y aunque no lucía perfecta, estaba bastante presentable, aunque para los hombres nunca nada será suficiente en una dama.
Me dirigí afanosamente a mi aula de clase, clase de filosofía y al entrar tarde, me percató de la algarabía de los jóvenes hombres de entre 13 y 15 años ante la ausencia del profesor. Tomé asiento procurando la mayor discreción y en cuestión de segundos llega el maestro (hay que por supuesto no se le debe llamar así, un maestro es otra cosa...) El hombre se hallaba impecable, se había cambiado de vestimenta y parecía que la cerca de hora y media acababa de transcurrir no hubiera pasado. Todos los demás compañeros se levantaron apaciguando el bullicio en el salón y demostrando respeto. Entonces todo se observaron hasta atrás del salón donde yo estaba ubicada aún sentada en mi pupitre como forma de protesta.
—Señorita Bisset ¿Tiene algún problema? —Y golpeó fuertemente el escritorio de forma sorpresiva haciendo que todos brincáramos de sorpresa. —No señor —dije levantándome de mi escritorio.
Ese día se recibió la primera queja en mi casa sobre mi desempeño escolar. Olimpia por la encargada de recibir la información y mi padre no hizo más que recordarme la gran oportunidad que tenía de realizar mis estudios en esa clase de institución. Me rogó esfuerzo, aunque con una voz muy poco parecida una súplica y más bien de mandato, recalcó cuán bien le haría esto a la familia, a mi futuro cuándo gobernara y como consecuencia a toda la ciudad.
Esa noche lloré bastante en mi habitación. Es momento de admitir que en pocas ocasiones y recibir un castigo físico en mi casi nunca han llegado a tal severidad. Mi padre siempre ha optado por los castigos como labores y bueno… Me he desviado por completo del tema principal. El asunto es que los niños a las afueras de Ariza me vieron aquel día por primera vez y de ahí en adelante me las ingenié para regresar. Tenía una mezcla de curiosidad por saber más acerca de los niños y algo de deseo de libertad como la que ellos gozaban, aunque no tenía idea de cómo cambiaría esa curiosidad, el curso de mi vida.