Cuando dejé de asistir a Hoare y descubrí que podía huir de casa con mi capa, pensé en todas las cosas que podría hacer sin límites. Salir y tener una vida casi normal, donde las personas de la ciudad no estuvieran mirando ya fuera para idolatrarme o para juzgarme, dónde mis padres y mi institutriz o mis docentes no estuvieran molestandome con mis deberes o con las actitudes políticamente correctas que debía tener.
Al principio hice una larga lista de cosas que quería hacer, ir a comer helado, dormir en los arrozales, subir a la colina que divide a las 4 ciudades de la región, ir al río… No, no había olvidado a los niños de Ariza, simplemente quería evitar poner esa actividad en mi lista mientras mordía la punta del bolígrafo con mis dientes.
Para ir a las academia, usualmente me hacían poner vestidos pomposos o anticuados, de hace al menos una década, ya que entre todas las ciudades de la región, Tanba era la más clásica y conservadora. Sin embargo, Ariza que estaba más al sur y contaba con un ambiente entre cálido y sombrío, salía de los estándares clásicos de la ciudad y proponía vestuarios más a la moda, con faldas que permitían mostrar los tobillos y los hombros.
Si quería pasar inadvertida, no podía ponerme mis usuales vestidos de alta costura, así que busqué entre mis atuendos más hogareños hasta hallar un vestido de hace algunos años, amarillo con pequeños detalles verdes oliva, me quedaba ya muy alto por encima del tobillo, ideal para correr con una capa encima.
Y para caminar… solo encontraba tacones, sandalias altas, tacos y más zapatos incómodos como los de danza y algunos charolados. Sin dudas con ese inventario en mi closet yo nunca he deseado andar calzada, pero tampoco nunca había salido descalza a las afueras a excepción de una que otra huida, pero aquellas veces iba con medias veladas.
Tenía idea de cómo me vestiría y quizás hacia dónde iría, pero no sabía cómo entrar y salir de casa. Me paré en el balcón tratando de recordar cómo había salido la otra vez y al mirar hacia abajo, logré evocar el momento de la caída haciendo un gesto de dolor.
Necesitaba un plan para salir sin lastimarme y así mismo poder volver a entrar. Miré a mi alrededor en búsqueda de objetos que pudieran servirme como escalera, pero además de no hallar nada, pensé que sería demasiado evidente; por lo que inicie la búsqueda de alguna cuerda, buscando en todos los cajones, hasta hallar un lazo largo tejido en trenza que alguna vez habré hecho en una academia o quizás con mi mamá.
Até el lazo a la barandilla del balcón y a pesar de ser tan delgado, parecía ser resistente, solo que mi habitación daba justo a la zona frontal de la casa, por lo que sería extraño si alguien me ve bajar por este lazo desde mi balcón.
Sin embargo lo dejé allí colgado y me fui a ponerme el atuendo pensado para la ocasión. Me acerqué de nuevo al balcón sin zapatos aún y probé cómo sería bajar por la cuerda, mirando primero hacia los alrededores. Fuera del balcón puse mis manos en la cuerda y cuando iba a posar mis pies, de inmediato me derrapé llegando hasta abajo en un golpe, nuevamente.
Abajo prácticamente acostada entre los arbustos, miré hacia mi balcón en dónde la cuerda tejida de blanco y dorado, parecía una decoración más y no causaba sospechas al menos en el vecindario. Me levanté y mire al rededor del barrio que está compuesto por niveles, por llamarlo de alguna manera.
Sibui está construido al pie de una montaña, por lo que sus caminos sin inclinados y van en zig zag, de un extremo al otro mientras desciende. Las calles de piedra y las casas de arquitectura más moderna le dan el toque de clase alta que todas las personas por aquí amhelan y lo decoran con algunos árboles y arbustos propios de la colina. Arriba en la cima hay un mirador, aunque mi padre ha pensado en contruir un asilo de retiro.
Caminé rápidamente por esos caminos hacia abajo, y no pensé en nada más que en la oportunidad que tenía por delante y ya no podía desaprovechar. Pensaba en la lista de cosas que había planeado hacer pero la realidad era que mi corazón anhelaba algo diferente, en verdad quería volver a ver a los niños en Ariza y esta vez sí les preguntaría por los hombres encapuchados.
Me puse mi capucha y empecé a correr como en la.ocasion anterior aunque esta vez con algo más de precaución por no ser descubierta. El corazón me latía con fuerza pensando en la posibilidad de encontrarme de frente con alguna persona que pudiera descubrirme, así que la paranoia fue mi compañera ese día.
Cuando terminé el camino rodeado de las casas de Sibui, el camino de piedra continuaba mientras las ráfagas de viento disminuían. Era un camino tranquilo con escasas viviendas al rededor y así mismo con un bajo flujo de gente a pesar de ser el único camino pavimentado para acceder al barrio. Al rededor todo era verde y cuánto más me alejaba de la montaña, más cálido se hacia el ambiente y el sol golpeaba más directamente fuera de la sombra que proporcionaba la montaña.
El camino era ligeramente hacia abajo y las piedras empezaban a calentar mis pies. Pronto empecé a sofocarme dentro de la capucha, pero no estaba segura sobre quitarmela o no. Miré a mi al rededor buscando posibles formas de vida y aunque mi corazón latía con fuerza, por el miedo a ser descubierta y por saber que era algo que no debía hacer, pero en verdad deseaba quitarme la prenda para refrescarme un poco.
Caminé hacia los campos de arroz que en este punto no eran aún tan tupidos, pero servían como escondite a la perfección. Me agaché y me quité la capota cuando oí algunas veces.