Jean finalmente llegó al límite. Hank llevaba más de una hora comiéndole el coño. El placer se había vuelto tan intenso y había durado tanto que ahora le palpitaba de dolor. Sus gruñidos y gritos se redujeron a un gemido mientras su cuerpo se convulsionaba sin control. —¡Oh, por favor!—, casi gritó. —¡Por favor, basta! ¡Uf! ¡Uf! ¡Por favor! ¡No puedo... Uf... aguantar... Uf... más! ¡Uf! ¡Oh, por favor! Hank levantó la cabeza de entre sus piernas. Su rostro brillaba con una capa de sus jugos. Pensó que debía de haberse tragado un galón de su dulce néctar. Continuó embistiéndole el culo y el coño con los dedos. —¡Yo decidiré cuándo es suficiente! ¿Entiendes? —¡Sí!— jadeó Jean mientras su cuerpo seguía temblando. ¡Ahora me perteneces! ¡Te tomaré cuando quiera, como quiera, mientras quiera!

