Jean se levantó y se subió al sofá, sentándose a horcajadas sobre su cuerpo, con su coño reluciente flotando sobre su polla endurecida. La espera casi había terminado para ella. Tener su polla enterrada en su vientre era todo en lo que había pensado desde la hora del almuerzo cuando la folló por primera vez. Habían pasado menos de 12 horas. Pero para Jean parecía que habían pasado días. Hank había despertado en ella un hambre que había estado reprimida durante mucho tiempo. Ahora se sentía como una adicta necesitada de su próxima dosis. Y sentía que moriría si no la conseguía pronto. Cuando comenzó a bajar, Hank la detuvo. —¡Aguanta, zorra cachonda! ¡No hasta que yo lo diga! Jean gimió de necesidad. —¿Por qué me molestas tanto? Hank le dedicó una sonrisa siniestra. —Solo me gusta jugar

