Capítulo 2

1426 Words
El corazón de Jean dio un vuelco al oír la declaración de Hank. —¿De verdad pasarías la noche conmigo?—, preguntó casi tartamudeando. Hank no respondió de inmediato. En cambio, se levantó de su escritorio y empezó a caminar hacia su oficina. «Guarda tus cosas y acomódate. Luego ven a mi oficina», le dijo, mirando por encima del hombro mientras cruzaba la puerta. Jean temblaba visiblemente cuando abrió el último cajón de su escritorio y metió su bolso. Diez minutos después, entraba en la oficina de Hank sin saber qué esperar. Hank estaba sentado en su escritorio cuando Jean entró. Sin siquiera levantar la vista, dijo: «Cierra la puerta, Jean». Era hora de subir la apuesta y ver qué pasaba. «¡Toma asiento!», le ordenó con tono muy serio. Jean se sentó en la silla justo frente a su escritorio. Dejó los papeles y la miró fijamente. «Para responder a tu pregunta, ¡sí! Con gusto pasaría la noche contigo. De hecho, ¡me encantaría pasar la noche entera contigo!». Jean empezó a dar vueltas al comprender las palabras de Hank. «¿Te gustaría eso?», le preguntó. Jean negó con la cabeza mientras su voz temblorosa respondía: —¡Sí!—, jadeó. —¡Muchísimo! Hank abrió el cajón del medio y sacó algo. Luego se levantó y rodeó su escritorio hasta quedar frente a Jean. Se recostó en el escritorio y le tendió una llave. —Esta es la llave de mi casa. Quiero que la tengas.— Hizo una pausa, dejando que Jean procesara todo lo que decía. —¿La quieres?—Jean negó con la cabeza. Hank sonrió con picardía. —Antes de que te apresures, déjame explicarte las condiciones. Si tomas esta llave y la usas, en cuanto entres en mi apartamento, serás mía. Eres mi amiga y compañera de trabajo. Alguien a quien he llegado a querer mucho. Y no quiero perder eso contigo. Pero si tomas esta llave y la usas, también te convertirás en mi amante y mi perra en cuanto entres por mi puerta. A partir de ese momento me perteneces, y haré contigo lo que me plazca. ¡Serás mía! ¿Entiendes lo que te digo? Fue el turno de Jean de sonreír al comprender las consecuencias de lo que estaba a punto de aceptar. —¡Lo entiendo!_, dijo mientras tomaba la llave sin dudarlo. —¡Quieres que sea tu zorra! Hank rió entre dientes. —¡Exactamente! Una de esas cualidades que siempre me han parecido atractivas. Eres una mujer muy inteligente. ¡Ahora, ponte de pie!—, le ordenó. Jean se puso de pie, con el pulso acelerado por la emoción de lo que podría pasar en la oficina. —¡Desabróchate la blusa!—. Las manos de Jean empezaron a temblar mientras desabrochaba lentamente su blusa blanca. Se detuvo al llegar al último botón, antes de meterla en la falda. "¡Todos!", fue todo lo que dijo Hank. Jean reprimió las ganas de gritar. No por miedo, sino por la adrenalina que le recorría el cuerpo. No recordaba haber estado tan excitada. Se estaba desvistiendo ante un hombre que se lo había ordenado. Sabía que haría cualquier cosa que él le dijera. Cuando desabrochó el último botón, Hank le quitó la blusa de los hombros y la dejó con cuidado sobre el escritorio, junto a él. Hank se quedó allí, contemplando uno de los pechos más sensuales que jamás había visto. Había deseado ver esas joyas desde la primera vez que vio a Jean. Había visto muchos pechos desde la secundaria. Pero había algo en los de Jean que lo hacía contemplarlos con asombro ante su sensualidad y belleza. El corazón de Jean latía tan rápido que pensó que se desmayaría de la hiperventilación. Acababa de quitarse la mitad de la ropa para este hombre, su amigo, y ahora la observaba como un animal voraz a punto de abalanzarse sobre su presa. La excitación en su interior crecía con cada segundo que pasaba mientras él permanecía allí, absorbiéndola con la mirada. No recordaba la última vez que había sido objeto de la lujuria de un hombre con la intensidad con la que la sentía con Hank en ese momento. —Eres la criatura más hermosa que he visto en mi vida.— El cumplido de Hank era sincero y Jean lo sabía. El sexo de Jean fluía con tal volumen que empezó a deslizarse por la parte interior de sus muslos. Hank finalmente extendió la mano y comenzó a acariciar sus pechos con las yemas de los dedos. Jean jadeó ante su tacto. La necesidad de lanzarse sobre este hombre que jugaba con su cuerpo era tan grande que quería salir de su piel. Hank le acarició los pechos, rodeándolos por completo con sus manos. Luego, tomó con suavidad sus pezones endurecidos y los pellizcó suavemente. Jean gimió mientras su cuerpo era excitado como nunca antes. Hank entonces envolvió ambos pechos en sus enormes manos y los apretó hasta que Jean se estremeció de dolor. ¿O era placer? Su mente estaba sobrecargada de sensaciones. Ya no podía distinguirlo. Él comenzó a amasarlos como dos enormes masas de masa. Jean solo gemía y gimoteaba mientras él la empujaba como nunca antes. Después de varios minutos de jugar con ella, Hank se inclinó hacia adelante y succionó uno de sus pezones con la boca, chupándolo suavemente mientras su lengua rozaba el bulto. El cuerpo de Jean se estremeció cuando un pequeño orgasmo la abrumó. Sus gemidos se convirtieron en chillidos mientras las sensaciones eróticas recorrían su cuerpo. Nunca antes había alcanzado el clímax solo con el placer de sus pechos. Pero allí estaba, con las rodillas a punto de doblarse, el estómago retorcido y el cuerpo tembloroso. Jean buscó la cabeza de Hank mientras él succionaba sus pechos, alternando entre ellos. Ella lo atrajo hacia su cuerpo deseando que la poseyera por completo. Cuando su orgasmo se calmó, Hank se separó de su pecho y se enderezó. Con la mano izquierda aún apretándole el pecho, le agarró un mechón de pelo con la derecha y la atrajo hacia sí. Sus bocas se encontraron. Hank le metió la lengua en la boca. Jean se fundió con él, gimiendo en su boca. Con ella abrazada a su cuello, se atacaron la boca como dos amantes hambrientos. Después de varios minutos, Hank rompió el beso y apartó a Jean con suavidad. Luchó por recomponerse y controlar la respiración. Pero lo consiguió. —¡Vístete!—, fue todo lo que dijo. Jean lo miró completamente atónita. —¿Qué?—, preguntó, sintiendo que él sería uno más de esos hombres que usan a las mujeres para su propio placer, sin importarles en absoluto el disfrute ni la satisfacción de sus parejas. —¿Eso es todo? ¿Me vas a dejar así?—, casi lloró. Hank la agarró de los brazos y la atrajo hacia sí. Una expresión de ira se apoderó de su rostro, pero se desvaneció rápidamente, reemplazada por una sonrisa.— ¡Escúchame! ¡Y escúchame con atención! No sé cómo ha sido contigo el imbécil de tu marido. Pero te garantizo que no me parezco en nada a él. ¡Nunca lo he sido! ¡Nunca lo seré! Lo que quiero hacerte no se hará en esta oficina, a estas horas. Así que esto es lo que vas a hacer: te vas a vestir. Vas a volver a tu escritorio y trabajar hasta las 11:00. A las 11:00, como todos, vas a terminar el día para prepararte para la cena de esta noche. Pero entonces tendrás que tomar una decisión. Puedes irte a casa y prepararte para la cena. O puedes usar esa llave que te acabo de dar y venir a mi casa. Si decides irte a casa, te prometo que no te lo reprocharé. Sigues siendo mi amiga y compañera de trabajo, y espero trabajar contigo durante muchos años. Pero si usas esa llave... —Hank hizo una pausa—. Recuerda lo que te dije. Ahora ponte a trabajar. Jean se vistió rápidamente y regresó a su escritorio. Las siguientes dos horas y media se le hicieron interminables. Poco después de salir de la oficina de Hank, este salió camino del estacionamiento. —Tengo una cita a las 9:30 con un cliente. Espero verte esta noche—, dijo con una sonrisa irónica. —¡Ojalá sea antes!—. Hank se dio la vuelta y salió.
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