Cap 18: Shalom

798 Words
La casa de Enrico da Costa era un refugio inesperado, una villa antigua sobre una colina en Estrela, con vistas al río Tajo. Era discreta, elegante y, sobre todo, segura. Pietro, el hijo de Luca Rossi, estaba escondido en el sótano, mudo y asustado. Julian y yo teníamos una suite en el piso principal. La mañana después de la negociación con Enrico fue de una calma desconcertante. El sol entraba por los ventanales. El olor a café fuerte y pasteles de nata llenaba la casa. Julian se estaba recuperando notablemente. La herida en su hombro ya no era una excusa para la debilidad. Me encontré con él en la terraza, viendo el río. Estaba vestido con una camisa de seda portuguesa, un regalo de Enrico, que disimulaba la sutura. —Enrico es un hombre de honor. Pero su honor tiene un precio. Y ese precio eres tú, si me traicionas —dijo Julian, sin mirarme. —Siempre lo he sabido. Cada acuerdo que hago incluye una cláusula de muerte. ¿Qué tan seguro está Pietro? —pregunté. —Inexpugnable. El miedo de Enrico es mayor que su codicia. Él entiende que Pietro es la llave maestra para dominar a Luca Rossi. Nos sentamos a desayunar. Por primera vez en semanas, no estábamos en un coche robado o en un jet clandestino. La tranquilidad era tan extraña que la tensión entre nosotros se hacía casi s****l. —Baldi tiene nueve horas más —dijo Julian, bebiendo su café. —Nueve horas para decidir si se convierte en tu lugarteniente o en el chivo expiatorio de la Superiora. Elegirá la supervivencia —afirmé. —¿Por qué estás tan segura? —Porque yo habría hecho lo mismo. La lealtad es un lujo que no se puede pagar cuando tienes una soga al cuello. Si Baldi te entrega el Retablo, prueba que su traición fue forzada por la Iglesia, no por ambición personal. Lo redime. Julian me miró fijamente. Una mirada que antes estaba llena de sospecha ahora estaba teñida de un respeto peligroso. —Eres fascinante, señora Vermilion. En el Palazzo solo eras la mujer hermosa que Abietti compró. Aquí, eres mi Consigliere. —En Venecia no era mi juego. Yo solo jugaba a ser la esposa aburrida. Aquí, somos dos fugitivos. Estamos en la misma mierda. Después del desayuno, Julian propuso algo que no se alineaba con la urgencia mafiosa, un paseo. —Necesitas aire. Y yo necesito probar que no estoy prisionero. Enrico nos ha dado una escolta discreta —dijo Julian. Paseamos por el Jardín de Estrela. El aire era fresco, lleno de aroma a jazmín. Bajo la sombra de los árboles centenarios, parecíamos la pareja de ricos turistas que fingíamos ser. Pero la cercanía de Julian, su mano rozando mi cintura, era una constante promesa de peligro. Nos detuvimos junto a un estanque. La escolta de Enrico se mantuvo a cincuenta metros de distancia. —¿Recuerdas la noche del avión? —preguntó Julian, su voz era baja y ronca. —Era un negocio, Julian. Para asegurar tu obediencia. —No. Era más que eso. Era la verdad de que no puedes negar lo que corre por mi sangre. Ni siquiera tú. Me acerqué a él, mis ojos fijos en la cicatriz que se formaba sobre su hombro. —La verdad es que no puedo dejarte morir. Si tú mueres, pierdo mi seguro. —Mírame, Agustina —ordenó. Nuestras bocas se encontraron. Esta vez, el beso no fue furia o posesión. Fue una entrega tácita. Un reconocimiento de que la alianza iba más allá de la supervivencia. Era un deseo mutuo por la oscuridad del otro. El jardín público, los susurros y la escolta de hombres armados hacían el momento más prohibido y más dulce que cualquier alcoba. Julian se separó, su aliento acelerado. —No vamos a fingir que esto es amor —dijo. —No. Pero vamos a fingir que no queremos matarnos —repliqué, sintiendo el fuego en mi interior. De vuelta en la villa, el reloj de pared marcaba la cuenta regresiva. Faltaban solo dos horas para el ultimátum de Julian. Entonces, el teléfono de Enrico sonó. El jefe portugués contestó y su rostro se tornó grave. —Julian. Baldi envió un mensaje desde Salerno. No pudo llevar el Retablo. Fazio lo tiene. Pero Baldi hizo algo más inteligente que un cobarde. —Enrico nos miró—. Baldi te envió una prueba irrefutable de que la Superiora fue la asesina, y una propuesta, te ayudará a atacar el convento a cambio de un puesto en Venecia. La redención de Baldi no era por honor, sino por terror. Julian tenía la prueba y el aliado. La calma había terminado. La guerra se reanudaba con un objetivo claro, la Iglesia y el Retablo.
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