Me senté en el sofá, sosteniendo el teléfono. Pietro, acurrucado en la esquina, nos miraba a Agustina y a mí como si fuéramos demonios. Agustina, sin embargo, me observaba con una mezcla de admiración y cautela; la incertidumbre se había convertido en su combustible.
Marqué el número seguro de Baldi.
Sonó su celular, supuse que sabía que era yo.
—Pronto —respondió Baldi, su voz áspera y nerviosa.
—Soy Julian. Y sé que no fuiste tú.
Hubo un silencio prolongado, pesado como el mármol.
—Julian, yo... —Baldi tartamudeó.
—No mientas. Sé que la Madre Superiora puso el veneno. Sé que ella y el Padre Mateo controlan el convento, y que te forzaron a ayudarles a mover el Retablo para saldar la deuda de la Famiglia de mi esposa.
Agustina se me quedó mirando al decir que ella era mi esposa.
El jadeo de Baldi fue la única confirmación que necesitaba.
—Tienes una hora, Baldi. O vienes a Lisboa y me traes el Retablo de los Conti que Fazio tiene en Salerno, o le envío a la Superiora la transcripción de tu confesión. Ella te culpará a ti, y el castigo de la Iglesia será peor que el de los Vermilion.
—¡Espera! El Retablo es la única garantía...
—No. Yo soy tu garantía. Si muero, la verdad muere conmigo, y tú eres libre. Si vivo, y me devuelves el Retablo, te perdono por el envenenamiento y te hago mi lugarteniente en Venecia.
Baldi estaba atrapado, la muerte lenta a manos de la Iglesia o la lealtad eterna al primogénito.
—No puedo conseguirlo en una hora, Julian. Fazio...
—Entonces tienes doce horas. Si a la mañana no tengo una prueba de que ese Retablo está de camino a Lisboa, haré una llamada a Roma que te condenará. Capisci?
Colgué sin esperar respuesta.
—No funcionará. Baldi es un cobarde. Intentará negociar con la Iglesia —dijo Agustina, con los brazos cruzados.
—Sí. Pero mientras negocia, está distraído. Ganamos doce horas. Ahora, el verdadero problema, Luca Rossi.
Luca Rossi no rompería la ley de Lisboa para atacarnos, pero nos pondría en un asedio asfixiante. Necesitábamos protección real, una que superara la neutralidad.
—Mi madre tenía un hermano en Lisboa —revelé.
Agustina levantó una ceja. —¿Un tío? ¿Un mafioso portugués?
—No. Un patriarca. Enrico da Costa. Mi madre lo abandonó a él y a Lisboa cuando se casó con mi padre, pero Enrico nunca rompió con el juramento de la sangre. Él controla el puerto. La droga, el tráfico humano... si algo entra o sale de Lisboa por mar, pasa por él. Es un hombre de la vieja escuela.
Marqué un número antiguo que mi madre me había dado para una emergencia.
—Quem fala?, —respondió una voz grave.
—Sono Julian Vermilion. Figlio di Maria.
Hubo otro silencio, pero este era de reconocimiento, no de miedo.
—El hijo de la traidora —dijo Enrico en italiano, con un resentimiento antiguo.
—Necesito asilo, Zio. Luca Rossi está en Lisboa. Mi padre fue asesinado, y el asesino es alguien que ni tú ni yo podemos tocar sin apoyo.
—¿Asesinato? ¿Aquí? No me arrastrarás a tus guerras italianas, Julian.
—No. No te pido una guerra. Te pido una tregua. Tengo al hijo de Luca Rossi. Lo tengo aquí, vivo. Y te aseguro que Luca Rossi no sabe quién es. Si me das asilo, no le daré al muchacho. Si Luca Rossi te ataca por protegerme, yo le entrego a su hijo y te juro que Luca Rossi se arrodillará a tus pies. Serías su padrino.
La propuesta era un veneno estratégico. Enrico era un hombre de negocios. El poder sobre Luca Rossi valía más que toda la guerra.
—Tienes una hora, Julian. Estás en la Praça do Comércio. Si no te encuentro, estás solo.
Nos dirigimos a la plaza, llevando a Pietro, ahora mudo, entre nosotros. En la fuente, nos esperaba un hombre de pelo gris y ojos agudos. Enrico da Costa.
—Tú eres mi sobrino. Y esta es la mujer que causó este desastre. Agustina Santini, la Viuda, de Abietti Vermilion—dijo Enrico, su mirada era dura, pero había una fisura de afecto por su hermana en su voz.
—Ella me trajo la verdad, Zio. Y la clave para controlar a Luca Rossi —dijo Julian.
—Muéstrame la clave.
Julian señaló a Pietro. Enrico apenas le prestó atención.
—Es un muchacho de limpieza asustado. ¿Crees que Luca Rossi se arrodillaría por esto?
—No se arrodillaría por un testigo, Zio. Se arrodillaría por su hijo. Pietro es el hijo de Luca Rossi. Se lo robó mi padre hace dieciocho años.
El rostro de Enrico se petrificó. La información era explosiva, mucho más valiosa que cualquier cargamento del puerto.
—Tu padre no solo robó. Desacató a Dios. Está bien, Julian. Estás bajo la protección de la Família da Costa. Pero solo hasta que Fazio te entregue el Retablo.
—¿Y si Luca Rossi nos encuentra?
—Rossi tiene honor. Él sabe que la sangre es más fuerte que la venganza. Pero no puedo evitar que te busque. Y no puedo evitar que se acerque a tu esposa.
Enrico miró a Agustina con un brillo de advertencia. —Bienvenido a Lisboa, Julian. Aquí, la traición tiene un precio más alto que en Italia.