Cap 16: Run-Run

930 Words
El silencio de la cafetería era más aterrador que cualquier grito. Luca Rossi se había ido, pero su amenaza flotaba en el aire. Pietro, pálido y temblando, seguía acurrucado detrás del mostrador. —Pietro, tienes que venir con nosotros. Ahora —ordenó Julian, su voz severa. —No... no quiero ir a Venecia. El Señor Abietti me dijo que si salía, me mataban —tartamudeó Pietro. —Abietti está muerto. Y quien lo mató te está buscando —intervino Agustina, acercándose al mostrador—. Te vio la noche del envenenamiento. No le importa Venecia. Le importa tu silencio. Pietro levantó la mirada, sus ojos llenos de terror. Se dirigió a Julian. —No quiero ir a tu Palazzo. Prefiero morir aquí.– Julian, viendo que la persuasión fallaba, usó la brutalidad familiar. Agarró a Pietro por el brazo. —No tienes opción. Eres el único testigo. Y tu vida ahora me pertenece. Julian lo arrastró fuera de la cafetería, cubriendo a Pietro con la chaqueta para disimular su pánico. Agustina tomó la delantera, guiándolos por las estrechas calles de Lisboa. —Estamos solos. Luca Rossi tiene ojos por toda la ciudad. Tenemos que perdernos —dije a Agustina. Llegamos a la casa de seguridad del Bairro Alto. Julian cerró la puerta de golpe y tiró a Pietro en el pequeño sofá. Pietro estaba en estado de shock. Julian se sentó frente a él, su mirada quemándolo. Agustina se puso detrás de Julian, la posición del Consigliere en la sombra. —Dime la verdad, Pietro. ¿Qué viste la noche que Abietti fue envenenado? —exigió Julian. Pietro negó con la cabeza, sus lágrimas corrían. —Solo vi una sombra. Alguien en la alcoba. Yo estaba limpiando el pasillo. —¿La sombra era alta o baja? ¿Un hombre o una mujer? —preguntó Agustina, con voz suave pero firme. —Era... baja. Más bajo que usted, Señor Julian. Y no era el Señor Nicolás. El terror de Pietro y la revelación coincidieron con la información de Julian, Baldi. —Baldi —gruñó Julian—. Lo golpeé esa noche. Lo amenacé. Él me vio tomar la chaqueta y huir. ¡La rata de Baldi usó la oportunidad para matar a Abietti y culparme a mí! —No fue Baldi —dijo Pietro, con un hilo de voz—. Baldi estaba arrodillado. Estaba suplicando. Julian se puso de pie, la sangre drenando de su rostro. —¡Mientes! —No miento —chilló Pietro—. Baldi estaba en el suelo, suplicando. Y la persona que estaba sirviendo el café al Señor Abietti era... era la Madre Superiora de Santa Ágata. .... El aire en el pequeño apartamento se congeló. —¡La Madre Superiora! —exclamó Julian. —Sí. La monja. Ella trajo el café. Y luego Baldi estaba en el suelo, suplicando, "¡No, por favor, el Retablo ya está en camino!" El rompecabezas se completó con una verdad insoportable. No fue Baldi. Fue la Iglesia. El Padre Mateo y la Superiora estaban limpiando la deuda de la familia de Agustina, y el asesinato era el pago final. Baldi no era el asesino; era el cómplice forzado de la Iglesia, el hombre que aseguraba el Retablo para ellos. Julian se giró y miró a Agustina. Su traición era más profunda de lo que él jamás imaginó. Ella me había guiado directamente a mis asesinos. —¡Tú! Tu convento... el Padre Mateo... lo sabías. ¡Usaste mi herida para ir a Roma y asegurar el trato con la gente que mató a mi padre! —Yo no lo sabía, Julian. Solo sabía que Abietti y yo éramos el pago de una deuda de mi familia. No sabía que la Superiora llevaría el café —dije, sintiendo la mentira en la punta de mi lengua, pero la verdad en mi corazón. Pero Julian no escuchó la mentira. Su mente, liberada de la culpa, se centró en la traición que importaba, la de la Iglesia y Baldi. —Luca Rossi... él busca al testigo. Si le damos a Pietro a Luca Rossi, él no nos atacará. Pero Pietro es la única prueba contra la Iglesia. La elección era simple, Entregar a Pietro a Luca Rossi. Ganar un aliado poderoso, Rossi, y eliminar la amenaza inmediata de los Conti y de Baldi. Pero la Iglesia, más poderosa que la mafia, nos destruiría. O dos, Usar a Pietro como prueba contra la Iglesia, Destruir a la Superiora y a Baldi, pero desatar la ira total de Luca Rossi. —Pietro es el hijo de Luca Rossi —dijo Agustina, susurrando la verdad que Rossi aún no sabía—. Si le entregas a su hijo, no a un testigo, él se arrodillará ante ti. Julian miró a Pietro, luego a Agustina. La solución era elegante y brutal. —Luca Rossi no quiere la verdad, Agustina. Quiere a su hijo. Y yo quiero el poder.. Julian tomó su teléfono. —Vamos a usar la ley de Lisboa, la ley de los neutrales. No vamos a disparar. Vamos a negociar. —¿A quién vas a llamar? —A Baldi. Le daré a Baldi la oportunidad de redimirse. O me trae el Retablo de vuelta de Fazio, o lo entrego a la Superiora. Y tú, Agustina, me vas a ayudar a negociar con Luca Rossi. Le darás una pista, El testigo está vivo, y está en Lisboa. El juego de ajedrez había terminado. Era una guerra total, y Julian estaba listo para usar a todos, incluso a la Iglesia, como peones.
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