Cap 15: Fachada del Diablo.

892 Words
Aterrizamos en un aeropuerto secundario de Lisboa. Julian, con su hombro vendado, y yo, con el vestido arrugado de la fuga, teníamos que pasar por "ricos turistas italianos en luna de miel". La fachada era ridícula, pero necesaria. —Sonríe, Agustina —ordenó Julian, forzando él mismo una sonrisa tensa mientras salíamos del aeropuerto—. Somos una pareja feliz. Una muy apasionada, a juzgar por tu cuello. —Lo que pasó en el avión fue por negocios, Julian. No por amor —repliqué, ajustando las gafas de sol. Pero la intimidad del vuelo había dejado una marca palpable. Habíamos sellado nuestro pacto, de la manera más placentero posible. Encontramos la dirección que Julian había recordado de su madre, un pequeño apartamento de alquiler en el Bairro Alto, el barrio bohemio. No había rastro de Pietro. —Este es el desvío, no el escondite —dijo Julian, analizando los planos de la zona—. Mi padre nunca lo dejaría en un sitio obvio. El secreto debe estar ligado al pasado de mi madre. Comenzamos a buscar en el único lugar que Abietti odiaba, los sitios relacionados con la felicidad de la madre de Julian. La búsqueda nos llevó a la orilla del Tajo, cerca de una pequeña galería de arte. En una calle adoquinada, bajo un toldo, lo encontramos. Pietro. No estaba escondido. Estaba trabajando en una pequeña cafetería. Limpiando mesas. Su rostro era delgado, marcado por el miedo, pero su parecido con Luca Rossi era innegable, si sabías qué buscar. —Ahí está —susurró Julian, su voz gélida. Pietro nos vio. Su rostro se congeló en un terror absoluto. Había reconocido al hijo del hombre que lo había mantenido cautivo toda su vida. Julian no dudó. Entró a la cafetería, arrastrando a Agustina. Pietro intentó huir, pero Julian lo interceptó. —No grites, Pietro. El hijo del hombre que te robó no viene a hacerte daño —dijo Julian, susurrando en italiano—. Vengo a protegerte. Sé que viste quién envenenó a mi padre. Pietro temblaba. —Yo... yo no sé nada. Por favor, Señor Julian. —Lo sabes. Y si Luca Rossi te encuentra, te mata por accidente. No sabe quién eres, Pietro. Él te está buscando como testigo, no como hijo. Tienes que venir con nosotros. Antes de que Pietro pudiera responder, la puerta de la cafetería se abrió. Él aire del lugar se tornó tensa, como si el innombrable apareciera en Lisboa, el terror de Venecia. La figura alta y elegante de Luca Rossi entró. Su traje era impecable. Iba solo. Sus ojos eran fríos y negros, escaneando el lugar. Se detuvo. Nos reconoció inmediatamente. Según la real academia Española, el terror es —Julian Vermilion —dijo Luca, con una vozuna profunda y sedosa. Julian se enderezó, soltando a Pietro quien se desplomó detrás del mostrador. Terror, el terror es una ataque de miedo absoluto sobre un individuo, ése terror, esa sensación recorrió por Julián, desde la cabeza hasta los pies. —Luca Rossi —respondió Julian, la hostilidad era un aura. Rossi avanzó lentamente, sus ojos se detuvieron en la herida vendada de Julian y en la mano de Agustina, que se aferraba al brazo de Julian. —Veo que tu viaje de luna de miel no ha sido placentero, Julian. ¿Perdiste tu Retablo en el camino? —preguntó Rossi, saboreando el sarcasmo. —Y tú perdiste tu oportunidad de venganza, Rossi. Los Conti no pudieron cerrar el trato. Y mi padre está muerto. ¿Satisfecho? Luca Rossi se acercó a nuestra mesa, ignorando la presencia de Pietro, a quien solo veía como un camarero asustado. Se sentó. —La justicia nunca satisface, Julian. Solo la sangre y el cumplimiento de la ley. —¿La ley? ¿En la mafia? —se burló Agustina, interviniendo—. ¿O la ley de Lisboa, la ciudad que no le pertenece a nadie? Rossi posó su mirada en Agustina. La analizó como si fuera un arma que no reconocía. —La señora tiene razón. Lisboa es territorio neutral. Un santuario. No se dispara en territorio neutral. Es la ley de la vieja guardia. Y no soy tan impulsivo como tú, Julian. Julian apretó la mandíbula. Estaban en un punto muerto. Rossi no podía atacarnos sin declarar una guerra total a los Vermilion y a las familias de Lisboa, rompiendo un pacto ancestral. Pero Rossi también sabía que estábamos cerca de la verdad. —Estamos aquí como turistas, Rossi. Y tú estás aquí buscando a alguien que crees que tiene información sobre el envenenamiento. Es un juego limpio —dijo Julian, echando mano de la mentira. —No tengo prisa. Mi venganza apenas comienza. Pero si ese muchacho que buscamos, el testigo, cae en tus manos, Julian... tendré que romper la ley de Lisboa —dijo Rossi, su voz era una amenaza helada. Rossi se levantó. Su mirada era un juramento. Salió de la cafetería tan silenciosamente como había entrado, dejándonos con el terror y la certeza de que nos había dejado ir por mera convención, no por respeto. Julian se desplomó en el asiento. —Vio la herida, Agustina. Vio la debilidad. —Y vio que no estamos solos. Pietro. Ahora. Tenemos que sacarlo de aquí. Antes de que Luca Rossi descubra que acaba de mirar a su propio hijo a los ojos.
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