El avión privado de Abietti, uno de los tantos activos escondidos, nos esperaba en una pista de aterrizaje desierta cerca de Roma. El Padre Mateo cumplió su parte, la aeronave estaba lista, sin plan de vuelo registrado.
Julian subió débilmente, apoyándose en mi hombro. La Hermana Teresa había hecho un trabajo limpio con la sutura, pero la fiebre y la adrenalina lo habían drenado. Él se desplomó en el asiento de cuero, con los ojos cerrados.
Yo me senté frente a él. La cabina lujosa, silenciosa, olía a cuero y a desinfectante. Era la jaula de oro de Abietti, y ahora era nuestro refugio clandestino.
—Estamos en el aire. Destino, Lisboa —le susurré.
Julian abrió los ojos. Estaban claros, ya sin el velo de la fiebre.
—El avión. Lo usó para todos sus negocios sucios —dijo Julian.
—Y ahora lo usaremos para salvar nuestro pellejo. Duerme, Julian. Necesitas recuperar fuerzas. El heredero de Luca Rossi no se va a encontrar con un muerto.
Pasaron las horas. El sol de la tarde se filtraba por las ventanillas, pintando la cabina de ámbar. La distancia de Italia, la herida limpia, y el analgésico de la monja le habían devuelto el control a Julian. El silencio se hizo pesado, cargado de todo lo que no se había dicho.
Julian se incorporó. Su rostro, aunque aún pálido, había recuperado la dureza. Me miró, y no había debilidad en sus ojos, solo la fría exigencia del Don.
—Lisboa. Pietro. Luca Rossi. El envenenamiento. Todo gira alrededor de ese muchacho —dijo Julian, su voz era baja, pero cargada de poder—. Y tú tienes la única llave, el secreto que acabas de negociar con ese sacerdote asqueroso.
—Sí. La tengo —repliqué, sin romper el contacto visual. No iba a bajar la guardia.
—¿Y por qué no me la diste? ¿Por qué no me despertaste para negociar con el cura?
—Porque estabas débil, Julian. Y la debilidad es una enfermedad. Yo garantice la deuda. Yo soy la dueña de la información y la responsable de tu vida.
Julian se levantó lentamente. Se quitó la camisa, exponiendo el hombro vendado. El gesto de poder. Quería que yo viera la herida que había ganado por la Famiglia, y cómo yo era responsable de ella.
—Tú limpiaste mi sangre, Agustina. Tú negociaste mi vida. Somos socios. Pero en esta cabina, solo hay un Don. Y ese soy yo.
Me levanté para enfrentarlo. Mi boca se secó al ver la tensión en su cuerpo.
—Si eres el Don, Julian, entonces posee lo que es tuyo. Demuéstrame que esta alianza vale mi traición.
La distancia entre nosotros se disolvió, disminuyendo el acto de amor, una explosión controlada de la tensión que habíamos acumulado desde Venecia. La rabia de la traición, el miedo a la muerte, la complicidad en el robo del Retablo; todo se fusionó en ese instante.
Julian me acorraló contra la pared de la cabina. Su beso fue de posesión brutal. No pedía, tomaba. Sus manos eran firmes en mi cintura, un recordatorio de que mi cuerpo, al igual que el Retablo, era ahora su propiedad en este juego.
—Eres una ladrona —gruñó Julian, su aliento caliente contra mi oído.
—Y tú eres un ciego que necesitaba que le robaran para despertar —repliqué, entrelazando mis brazos alrededor de su cuello.
La ropa voló en la cabina. El lujo de Abietti se convirtió en el escenario de nuestra profanación. Julian no era un amante, era un conquistador. Quería dominar mi mente, mi cuerpo y mi voluntad. Y yo quería que él lo intentara. Quería que se perdiera en el fuego, para probar que su locura me pertenecía.
Me alzó, sin importarle la herida. Me llevó hasta el pequeño diván de la cabina. El acto fue un estallido de furia y necesidad. Cada empuje era una declaración de propiedad. Cada gemido, la confirmación de nuestro pacto sucio.
Y cómo de costumbre, se vino en mis senos.
Al terminar, caímos exhaustos. Julian me abrazó, no con ternura, sino con la fuerza de alguien que reclama un territorio.
—Somos un desastre, Agustina —dijo Julian, su voz profunda.
—Somos el único desastre que funciona, Julian.
Julian se levantó y se vistió, la herida recién vendada. La debilidad se había ido; había sido reemplazada por un enfoque de láser. La intimidad en el avión había reestablecido la dinámica, él era el Don, pero yo era la socia indispensable.
—Tenemos que encontrar a Pietro antes que Luca Rossi —dijo Julian, señalando un mapa satelital en la pared de la cabina—. Mi madre me dio esta dirección, una casa de seguridad en el Bairro Alto. Pero mi padre nunca lo usaría. Es demasiado obvio.
—Tu madre te dio un mapa para ti, no para Abietti —dije, vistiendo mi propia ropa.
—El verdadero escondite debe estar ligado a algo que solo él y yo sabemos. Algo de Lisboa... algo relacionado con el pasado de mi madre y la obsesión de mi padre.
Julian se giró y me miró.
—En cuanto aterricemos, la búsqueda comienza. Y tú vas a ser mi fachada, Agustina. Mi esposa en público, La dueña de mis gemidos en privado.
—Siempre lo he sido —dije, lista para el siguiente acto de traición.
El avión comenzó el descenso. El sol se ponía sobre el Atlántico, pintando el horizonte de Portugal. El hijo de Luca Rossi estaba cerca.