La lancha de Salvatore Fazio era rápida, cortando el Mediterráneo. Nos dirigíamos al norte, pero Julian no podía esperar dos días. Su herida, apenas vendada con mi seda manchada de sangre, le había provocado fiebre. El dolor lo hacía delirar, y en ese estado vulnerable, su mente regresaba a la hora perdida.
Estábamos apretados en la cabina de la lancha. Julian se retorcía.
—El traje... la sangre... no fue Abietti —murmuró Julian, su voz era un hilo febril.
—Cálmate. Necesitas dormir —dije, sintiendo una punzada de algo parecido a la preocupación.
—No... la sangre en el traje... era de Baldi. No de Abietti. ¡Yo golpeé a Baldi! Lo amenacé con su propia arma... antes de perder la conciencia. Nicolás me vio.
La revelación me golpeó con la fuerza de una ola. Julian no había matado a su padre. Había atacado al Consigliere, Baldi, probablemente por el microfilm o por el control. Eso significaba que Baldi seguía vivo, y era un enemigo mortal, y que el asesino de Abietti era solo Baldi o Narciso. El pánico de Julian se basaba en un error.
—Baldi. Él está vivo, Julian. Lo dejaste vivo. No fuiste tú —dije, agarrando su rostro y forzándolo a mirarme.
—Pero... la rata de Baldi... él lo vio... él...
—Basta. Necesitas ayuda real.
—Fazio, desvía a Roma. Necesito un contacto seguro —ordené.
Fazio, que nos había escuchado, protesto:—¿Roma? Eso añade un día. Estoy arriesgando mi lancha por el Retablo.
—El Retablo es una antigüedad. La información es poder. ¿Quieres la lealtad de los Vermilion? Entonces haz lo que pido —dije, usando el tono de Abietti, un tono que Julian nunca usaría, pero que Fazio respetó.
Julian me miró, impresionado. Me había entregado completamente el mando.
Desembarcamos en un puerto secundario en las afueras de Roma. No fuimos a un hospital. Fui a un lugar que Abietti nunca habría pisado... El Convento de Santa Ágata.
Este no era un convento de caridad. Era mi antiguo colegio. Y mi familia, antes de que me casara, tenía una deuda con la Madre Superiora. El convento servía como un banco de reserva y un centro de lavado de dinero para varias familias de la mafia del sur. Un sitio sagrado, con negocios.... profanos.
La Madre Superiora, una mujer de unos sesenta años con una mirada que intimidaría al propio Baldi, nos recibió en la sacristía. Julian estaba pálido, apoyado en mi hombro.
—Agustina. La viuda del Lobo de Venecia. No has cambiado. Siempre regresas a la oscuridad —dijo la Superiora, su voz era fría como el incienso.
—Necesito ayuda, Hermana. Es el heredero de Abietti. Está herido. Y necesitamos una vía segura de regreso a Venecia. Una que no cruce rutas de la mafia del Norte.
La Superiora miró a Julian, luego a mí. —El precio de un favor de Santa Ágata es alto.
—El precio es la lealtad de los Vermilion —dije, adelantándome a Julian—. Una vez que Julian se siente en el trono, el flujo de donaciones al convento será doble. Y cancelaremos la deuda de mi familia, la que quedó pendiente por el contrabando de reliquias.
La Superiora sonrió, su rostro arrugado no mostraba bondad, solo cálculo. —La palabra de un Don herido no vale mucho.
—Pero la palabra de la mujer que sobrevivió al veneno de Abietti y al fuego de los Conti... sí. Yo soy la dueña de la fortuna, Hermana. Yo garantizo el pago.
La Superiora asintió. —Lleven al chico a la enfermería. La Hermana Teresa es una antigua cirujana de guerra. Arreglará esa herida. Yo me encargaré de su transporte.
Mientras la Hermana Teresa curaba la herida de Julian, yo salí a la Capilla. La Superiora me esperaba.
—Necesito saber algo, Hermana. Abietti fue envenenado. No fue un acto de venganza de los Conti. Ellos solo usaron la oportunidad. ¿Hay alguien en Roma con suficiente poder para envenenar a Abietti sin dejar rastro?
La Superiora se acercó. —En Roma, querida Agustina, el veneno es solo una forma elegante de hacer negocios. Pero hay un nombre que se mueve en las sombras, un antiguo socio de tu familia. Un hombre que odiaba a Abietti porque Abietti le robó su hijo hace años.
—¿Quién?
—Luca Rossi. El comprador del Retablo. No busca el arte. Busca su hijo perdido. Y Abietti era el único que sabía dónde estaba.
El giro fue violento. Luca Rossi, el comprador de arte y el hermano de la amante de Abietti, no solo buscaba venganza por su hermana... buscaba a su hijo.
Salí de la Capilla, la mente girando. Julian no había matado a su padre, pero Baldi estaba vivo y Narciso lo había traicionado. Y ahora, Luca Rossi era un padre desesperado buscando a su hijo robado por Abietti.
Volví a la enfermería. Julian, drogado por los analgésicos, me miraba.
—¿Te vas a sentar a esperar, o vas a pelear, Julian? —pregunté.
—Pelear —dijo Julian.
—Bien. Porque en Venecia te esperan cuatro enemigos, Baldi, Narciso, los Conti... y ahora, un padre desesperado que busca a su hijo robado.
—Yo sé en dónde está su hijo. – Susurro Julián en medio del analgésico, Dejándome con la boca abierta.