Cap 10: Palermo

1606 Words
Logramos dejar el puerto de Nápoles subiendo a un camión de carga con destino al sur. El conductor, sobornado con el último dinero en efectivo que nos quedaba, no hizo preguntas. Nos escondimos entre lonas y cajas. La herida de Julian era una agonía punzante. El vendaje improvisado de Agustina, su ropa interior de seda ya estaba saturado. El hombro ardía. El camión se movía, y con cada bache, la rabia crecía. Estábamos en la oscuridad, pegados uno al otro por la falta de espacio. El Retablo de los Conti, nuestro trofeo, estaba a mis pies. —Si no hubieras gastado todo mi dinero en cuentas secretas, podríamos haber pagado un médico —gruñó Julian, su voz era tensa por el dolor. —Si no hubieras sido tan arrogante, habrías notado que los Conti nos estaban esperando. Deja de usar mi astucia como excusa para tu dolor —replicó Agustina, su voz era baja y afilada, sin miedo. La discusión, largamente pospuesta, había comenzado. —No se trata de astucia, Agustina. Se trata de traición. Tres cientos millones. ¿Planeabas esperar a que me perdiera para quedarte con todo? Agustina suspiró, un sonido exasperado. —No te iba a esperar. Iba a preparar el terreno. Abietti me dio joyas, no me dio seguridad, recuerda. Yo sabía que en el momento en que murier*, la Famiglia me destrozaría. El dinero es mi seguro de vida contra ti, contra Narciso, contra cualquiera que se siente en ese estúpido trono. —¿Y por qué te casaste con él? ¿Solo por el cheque? —preguntó Julian, el rencor de años se filtraba en su pregunta. —Me casé con él porque era poder. Y porque tú, el heredero, eras demasiado cobarde para tomarlo tú mismo. Siempre mirando desde lejos. Siempre perdido en tus libros. El golpe fue más duro que cualquier balaz0 de los Conti. Julian se movió, ignorando el dolor del hombro. La agarró con la mano buena y la empujó contra la lona. —¡No tienes derecho a juzgarme! ¡No sabes lo que es estar en mi cabeza! —siseó Julian. —Lo sé. Es un campo de batalla. Pero yo no soy la que se pierde en él —dijo Agustina, sin inmutarse ante la presión de su mano. —Dime la verdad. ¿Cuándo empezaste a robarle? —La noche que tu madre m*rió. Vi cómo Abietti te miró. No con dolor, sino con desprecio. Me di cuenta de que este imperio solo respeta la fuerza, no la sangre. Y la fuerza está en la planificación, Julian. No en la rabia. Agustina hizo una pausa. Su voz se suavizó ligeramente, pero la verdad que soltó era un venen0. —Yo no solo robé el dinero. Yo creé el ambiente para que Narciso te culpara. Le hice creer que yo era su aliada. Necesitaba que tú estuvieras bajo presión, que fueras el "Don roto," para que te alinearas conmigo. Julian la soltó, su mente en shock. Ella no solo era una ladrona, era una manipuladora maestra que había orquestado el caos en el Palazzo para forzar esta alianza. —Tú... me usaste. —Te protegí. Sabía que Narciso te traicionaría. Si hubieras llegado a Venecia tranquilo, te habrían m*tado. Al obligarte a pelear y a ac0starte conmigo, te convertí en un objetivo demasiado caro para Baldi y Narciso. —¿Y el sex0? ¿También fue planificado? Agustina sonrió en la oscuridad. Una sonrisa peligrosa y honesta. —No. El sex0 fue la única cosa que no controlé. Y fue lo único que te convenció de que no podías matarm€. Julian cerró los ojos, el camión traqueteaba. Su dolor era insoportable. Él estaba roto, expuesto. Pero por primera vez, estaba anclado en la verdad. La verdad de que su socia era una villana más grande que él. —Vamos a Palermo —dijo Julian, con la voz baja y ronca—. Vas a hablar con ese contrabandista. Si me ve herid0, me va a traicionar. —Hecho. Yo negociaré. Lo haré por ti. Agustina usó su pañuelo de encaj€ para atar el Retablo, como si fuera un bebé. La imagen de la viuda, la ladrona, la manipuladora, cuidando el botín de la venganza de su suegra, era el colmo de la ironía. Julian se inclinó hacia ella, con rabia,con la necesidad de un hombre que ha encontrado su verdadero par. —Si sobrevivimos a esto, Agustina... el trono es nuestro. Y el juego nunca se detendrá. Nunca. —No queremos que se detenga. Queremos ganar —dijo Agustina. Él la agarro y la besó fuertemente, metiendo su lengua y bailando con la suya El beso en la oscuridad, por primera vez de fue de pasión. El viaje a Palermo fue agotador. Viajamos en el camión hasta Salerno, y luego tomamos un ferry de carga, mezclándonos con los trabajadores portuarios. Julian estaba pálido, la herid* en su hombro latía con fiebre. El Retablo, envuelto en una vieja lona, era nuestra única riqueza y nuestro mayor peligro. Llegamos a Palermo bajo la cortina de la noche. La ciudad era más brutal y menos pintoresca que Nápoles, llena de secretos industriales. Julian me guio hasta un depósito de chatarra abandonado, donde el olor a metal oxidado y diesel era abrumador. —Se llama Salvatore Fazio —susurró Julian, su voz ronca por el dolor—. Fue hombre de confianza de Abietti hace veinte años. Le debe un favor, grande. Necesitamos su lancha rápida. —Yo haré la negociación. Estás s*ngrando y pareces un objetivo fácil —dije, tomando la delantera. —No. Yo soy el Don. Yo... —Tú eres el Don que acaba de ser emboscado por su hermano y que está a punto de perder el conocimiento. Yo soy Agustina Josefina de Vermilion, la viuda de tu padre, puedo hacerlo. Julian me miró con una mezcla de furia impotente y aceptación. Él odiaba el hecho que ella tuviese razón. En el centro del depósito, bajo una lámpara colgante, nos esperaba un hombre fornido, con un rostro marcado y ojos pequeños y astutos. Salvatore Fazio. Parecía que el tiempo lo había pulido hasta convertirlo en una piedra dura. —Julian Vermilion. Pareces un mendigo —dijo Fazio, sin levantarse de su silla de metal. Su mirada se posó inmediatamente en el Retablo envuelto. —Salvatore. Vengo a cobrar la deuda de mi padre —dijo Julian, intentando ponerse de pie, pero falló. Su rostro se contorsionó de dolor. Fazio se rió, un sonido áspero y seco. —Tu padre está muert0, chico. Las deudas m*eren con él. Y tú no estás en posición de negociar. ¿Quién es la muchacha? ¿Tu enfermera? Agustina dio un paso adelante. Se situó entre Julian y Fazio, protegiendo al heredero. —Mi nombre es Agustina. Y soy la dueña de la deuda. Soy la viuda de Abietti. Y esta pieza —dije, señalando el Retablo con el pie— es nuestro pago. Fazio analizó a Agustina, con algo de deseo, y con la curiosidad de quien evalúa un arma nueva. —Una viuda con agallas. Dime qué quieres, Agustina. Las historias de amor no me pagan la gasolina. —Queremos la lancha más rápida que tengas. Cargada. Y queremos una tripulación que no haga preguntas, para ir a Venecia. El precio es este Retablo. Fazio sonrió, acercándose. —El Retablo de los Conti, por lo que veo. La deuda de Abietti es más grande de lo que pensaba. Pero el costo es Venecia. Es un viaje largo. —No vamos a pagar con el Retablo. Vamos a usarlo —dije, con firmeza— Luca Rossi está buscando esta pieza. Los Conti también. Si tú nos entregas a ellos, te quedas con una lancha menos. Si nos llevas a Venecia, te aseguras la lealtad de los Vermilion cuando Julian tome su trono. —¿Y si Julian muere en el camino? —preguntó Fazio, mirando con desprecio la herida de Julian. —Entonces el Retablo se vende en tu mercado n***o, y yo pago por tu silencio con el dinero de las cuentas que nadie encontrará —dije, revelando nuestra jugada sin miedo. El seguro de vida. Fazio se detuvo. Había detectado la verdad, Agustina no dependía de la debilidad de Julian. Ella era el poder de reserva. Fazio se dirigió a Julian, con una nueva deferencia. —Tu esposa es un mejor Consigliere que cualquier abogado, chico. —Ella no es mi esposa. Es mi socia —corrigió Julian, forzando la voz. El respeto era forzado, pero real. Fazio asintió. —El trato es el siguiente, yo los llevo en mi mejor lancha. Tardo dos días. Pero el Retablo se queda conmigo como garantía. Lo tendré guardado hasta que Julian se siente en el trono. Si mueren, lo vendo. Si ganan, me pagan cinco millones y el favor de Abietti se cancela. Agustina sintió el golpe. Entregar el Retablo era entregar nuestra única defensa. Pero era el único camino a Venecia. —Acepto —dijo Agustina, antes de que Julian pudiera objetar. —No... —intentó decir Julian. —Sí —dijo Agustina, mirando a Julian con una dureza de acero—. Es un riesgo que tenemos que correr. Fazio se rio. —Preparen la lancha. Y dale algo de beber a tu Don. Parece que se va a desmayar. Julian se desplomó contra la pared, observando cómo Agustina, la ladrona de su padre y la mujer que lo había traicionado, negociaba su supervivencia con la sangre fría que él había perdido en la Capilla. El poder se había invertido por completo.
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