Aiden.
Cinco meses antes…
—Señor Davis, ¿Viene a celebrar un nuevo éxito en ventas? —Harold, el bartender del bar al que acostumbro ir a festejar cuando uno de mis libros crece en ventas, se acerca a mí, colocando un vaso de ron con coca cola sobre la barra.
—¡Qué bien me conoces, Harold!
—Cortesía de la casa, señor —el chico sonríe, mientras asiente con la cabeza—, por cierto, he leído su último libro, debo de decir que me ha gustado, aunque el final me ha dejado un sabor amargo en la boca. Casi he sido capaz de llorar.
—Entonces eso quiere decir que he hecho bien mi trabajo —bromeo al sonreír—, la vida real nunca tiene finales felices, Harold.
—Motivo por el que los ambientes ficticios, deberían tenerlos.
—Si ese es el caso, te motivo a que escribas un libro, cualquier cosa es posible en la imaginación de una persona —señalo mi cabeza, lo que lo hace reír, a la vez de que niega mientras comienza a alejarse.
—¡Sin duda alguna, eso no es lo mío! —niega con la cabeza—. Prefiero seguir leyendo sus finales infelices, que al parecer, justo ahora son el top
Y es que desde que me convertí en uno de los escritores más vendidos del New York Times, coloqué mi sello personal en cada uno de mis libros: sin finales felices, pues era de la opinión que la vida real no tiene finales felices, aunque tratáramos de construirlos de alguna u otra forma.
Las personas de esta época tenían la manía de encerrarse en un mundo cargado de perfección, donde todo a su alrededor estuviese lleno de unicornios, arcoíris y mucho color rosa, cuando la realidad era que, la crueldad se había apoderado de cada espacio del mundo, arrebatándonos aquello que tanto nos importaba.
Y sí, podía considerarme el tipo de persona que se la pasaba enojado con el mundo y, a decir verdad, no me importaba. Es como si fuese el Grinch durante cada época del año.
Acerco el vaso de ron con coca cola a mis labios y doy un largo sorbo, sin dejar de fruncir el ceño al tratar de alejar esos amargos recuerdos de mi mente, obligándome a tratar de disfrutar de la noche una vez más.
Unas risas provenientes desde la entrada del bar captan mi atención, un par de chicas entran casi que haciendo un ridículo baile de victoria; una rubia, alta y delgada, acompañada de una chica que al parecer, era de ascendencia asiática, ambas muy guapas, pero aún así, la rubia era capaz de sobresalir en belleza aún más.
La miro embobado, mientras soy capaz de sentir como mi amigo despierta entre mis piernas al imaginarme terminar la noche con aquella mujer. Si es que desde hacía tanto tiempo que mi vida se basaba en esto: escribir libros con finales trágicos y terminar en la cama con alguna mujer cada fin de semana.
Nos la pierdo de vista, hasta que ambas se sientan frente a una mesa en el centro del lugar, por lo que, me giro de inmediato hacia la barra, donde le hago un gesto con la mano a Harold para que pueda acercarse.
—¿Necesita algo más, señor Davis?
—Prepara un nuevo par de tragos de estos y llevaselos a ese par de chicas —señalo a las mujeres en la mesa, las cuales no dejan de celebrar, algo muy bueno tuvo que haberles ocurrido para que estuvieran tan felices—, préstame un lapicero con una servilleta —le pido, por lo que, el tipo me los acerca enseguida, sonriendo con diversión.
Tan solo escribo un pequeño “¡Hola!” acompañado de una carita feliz, se lo entrego y le pido que se lo dé a la rubia, lo cual hace enseguida.
Lo sigo con la mirada, él deja los tragos frente a ambas chicas y le entrega la servilleta a la rubia, para luego señalar en mi dirección, la chica sigue su dedo, hasta que su mirada se encuentra con la mía, le sonrío y levanto una mano en señal de saludo, a lo que ella responde con una sonrisa para luego mirar a Harold, quien vuelve a tomar los tragos para traerlos de regreso.
—Lo siento, señor Davis, pero la chica es bastante lista y dice no aceptar tragos de desconocidos —me explica—. Incluso su amiga la ha apoyado.
Levanto una ceja y tuerzo una sonrisa, al darle el crédito por ello, pues en realidad, tenía razón.
—Ojalá todas las chicas pensaran de ese modo, probablemente tendríamos menos abusos y muertes ocasionadas por malditos bastardos que suelen aprovecharse de las mujeres vulnerables, ¿No es así, Harold?
—Por supuesto, señor —repone al volver tras la barra—. ¿Puedo ayudarle con algo más?
—Un par de cervezas, selladas, por favor.
Justo cuando las deja frente a mí, las tomo y camino hacia ellas, me tomo el atrevimiento de sentarme al lado de la rubia, quien enseguida, me mira con curiosidad… un par de hermosas pupilas celestes se clavan en las mías, tal y como si esperase una explicación del por qué estaba siendo tan insistente.
—Hola —la saludo de frente—, soy…
—Aiden Davis, lo sé —me interrumpe al tomar la mano que le ofrezco—. Imposible no saber quién es el señor, “me encantan los finales trágicos” —murmura al arrugar la nariz, haciendo comillas con sus dedos—, ¿No aceptas un no por respuesta, Aiden?
—No —respondo enseguida al negar—, y tú eres…
Ella muerde su labio inferior, volteando a mirar a su amiga, quien ríe sin tratar de ocultar que le provoca la situación.
—Iré al baño un momento, Mía —murmura al ponerse de pie, para alejarse con rapidez, dejándonos completamente solos.
—Abby siempre hace esto —bufa al poner los ojos en blanco, para luego tomar la cerveza—, gracias por la cerveza, Aiden.
—Tómalo como una forma de felicitación ante lo que estés celebrando —le guiño un ojo, mostrándole mi mejor sonrisa de hombre seductor, lo que, sin duda alguna, la hace sonrojar, muy a pesar de la escasa luz del lugar, soy capaz de notar como sus blancas mejillas se enrojecen ligeramente.
—No todos los días se firma un gran contrato —confiesa al sostener la botella de cerveza en mi dirección, para que le ayude a abrirla.
—¿Ah sí? Pues ¡Felicidades!
Una enorme sonrisa se expande por su rostro, mientras que sus bonitos ojos celestes, brillan de la notoria emoción.
—Mía de la Rosa, mucho gusto —se presenta al fin, al ofrecerme su mano, la cual atraigo hasta mis labios, donde le beso el dorso con gran suavidad.
—Es un nombre bastante bonito, al igual que tú.
—¿Acaso pretendes seducirme?
—Veo que eres una chica inteligente —asiento con la cabeza, haciéndola reír.
—Pues bien, Aiden, debido a que al parecer mi amiga decidió dejarnos solos —dice al buscarla con la mirada, encontrándola frente a la barra, hablando con Harold—, tienes una oportunidad para demostrarme lo que tienes.
—Solo que, por favor, no termines enamorándote de mí —le pido al sonreírle con malicia.
En realidad, podría considerarme bastante bueno con las chicas, era bueno escuchando y excelente en hacerlas reír, lo que sin duda alguna, de mano con mi lindo rostro de niño bueno, podía llegar a considerarme, un hombre bastante encantador.
En pocos minutos sé que es española y que tiene una hermana mayor a la cual ama con el alma, que se ha mudado a Nueva York buscando luchar por sus sueños, lo cual, poco a poco estaba consiguiendo, motivo por el que había llegado a celebrar con su amiga esa noche.
Me río con ella cada vez que soy capaz de decir algo gracioso. Me tomo el atrevimiento de acariciar su mano con delicadeza e incluso, de jugar con las puntas de su cabello rubio, nos tomamos un par de cervezas más entre anécdotas y chistes, hasta el instante en que le pido que me acompañe.
—No, supongo que no lo has hecho bien —responde tajante al levantar una ceja—, la he pasado de maravilla, pero tengo que ir a descansar —ella se pone de pie y le hace un gesto a su amiga con la mano, quien se acerca enseguida—. ¡Gracias por las cervezas, Aiden! me ha dado mucho gusto haberte conocido.
Y es así, como simplemente se va, dejándome solo, con mi ego de hombre seductor lastimado.
—Maldición —digo con los labios apretados al golpear la mesa con suavidad—, y yo que pensaba que lo estaba haciendo bien.
—¿No ha sido fácil, señor Davis? —se burla Harold al acercarse con un nuevo vaso de ron con coca.
Me encojo de hombros, tratando de restarle importancia.
—Tal vez en algún momento la vuelva a ver, Harold, no diría que puede cantar victoria ahora.