Apenas aterrizamos en París, el aire fresco y el bullicio de la ciudad nos reciben como una bocanada de libertad. Magnus me mira, y en su sonrisa puedo ver el alivio de dejar atrás todo lo que nos agobiaba. Solo somos él y yo en esta ciudad que parece tener sus propios secretos. Llegamos a un pequeño hotel boutique en el centro, escondido en una calle empedrada. La suite que ha reservado tiene una vista increíble de los tejados parisinos y una decoración elegante, llena de detalles antiguos que encajan a la perfección. Magnus se recuesta en el sofá, exhalando profundamente, como si finalmente pudiera relajarse. —París es mi lugar favorito en el mundo —me dice, invitándome a sentarme a su lado—. Aquí no tengo que ser el magnate ni el jefe. Solo puedo ser yo. —¿Y quién sos, Magnus? —pregu

