Pasado el incómodo encuentro en la oficina, decido mantener la cabeza ocupada. Paso la tarde sumida en papeleo, intentando concentrarme en todo menos en él. Pero Magnus, en su forma habitual de controlarlo todo, parece tener otras ideas. —Daniela, necesito que vengas a la reunión de las tres y te encargues de las notas —me dice desde la puerta de su oficina. Su tono es inusualmente casual, y su expresión indescifrable. Asiento, y aunque me esfuerzo por mantener una expresión neutral, la sensación de mariposas en el estómago no me abandona. Nos encaminamos a la sala de reuniones, y mientras avanzo detrás de él, me percato de lo imposible que es no notar la seguridad que irradia, esa que me arrastra de vuelta a la mañana en su oficina. Pienso en cada segundo, en su voz, en la manera en que

