Hacia el mediodía, Magnus finalmente se decide a romper el hielo. Sale de su oficina con el ceño fruncido y me pide que lo acompañe. El tono de su voz, firme y sin espacio para discusión, me hace tragar saliva. —Vamos a almorzar, Daniela. Necesitamos hablar. Caminamos en silencio hasta un restaurante discreto, pero elegante, en el que, al parecer, él es cliente habitual. Apenas nos sentamos, Magnus toma un respiro profundo y finalmente me mira a los ojos, como si estuviera a punto de decir algo que ha ensayado muchas veces en su cabeza. —Dani, quiero que entiendas algo. —Su tono es bajo, contenido, como si temiera que alguien pudiera escuchar cada palabra—. Lo que sea que tengamos, o lo que sea que estemos empezando, es algo que debemos manejar con… cuidado. Siento un nudo en la gargan

