Tras ese beso en la oficina, intento enfocarme en mi trabajo con más dedicación que nunca, aunque cada día se convierte en una prueba. Los ojos de Magnus siempre parecen seguirme; a veces, basta un pequeño cruce de miradas para que se me acelere el corazón y me pregunte si los demás se dan cuenta de lo que hay entre nosotros. Pero, para mi alivio (y también para mi sorpresa), parece que mantenemos bien las apariencias… al menos, por ahora. Una tarde, mientras repaso las notas de una reunión próxima, recibo un mensaje de Magnus. Mi corazón da un salto, y antes de abrirlo, respiro hondo. Sabemos que debemos ser cuidadosos y evitar los mensajes innecesarios durante el trabajo, pero la tentación de mantener nuestra conexión durante el día parece irresistible: "¿Puedes quedarte un rato despué

