Dereck Hunt
La luna de miel resulta ser increíble. Janina no se niega a ninguna de mis propuestas y eso me parece más perfecto aun, porque podría decirle que se vaya saltando del hotel al aeropuerto, y lo haría.
Estamos en la última cena que disfrutaremos en Bali. La experiencia aquí ha sido magnífica, sobre todo porque ella se mantiene la mayor parte del tiempo en silencio.
—¿Puedo ofrecerles un postre? —pregunta el mesero y Janina niega.
Se cuida bastante para mantener su figura, algo que me gusta, porque eso la hace más ágil en la cama. Yo también niego y me pongo de pie para ayudarla a ponerse de pie. Nos vamos al cuarto, desde donde podemos ver el paisaje nocturno y me quito la camisa de lino.
Janina la recibe como buena esposa sumisa y preocupada de su esposo. Sus manos recorren mi torso y pronto terminamos en la cama.
Estas dos semanas lejos de toda su historia, de la mía y de las personas que me desagradan, han sido perfectas. Aunque mañana por la tarde todo eso se quedará aquí, en Indonesia.
—¿Quieres algo de beber? —me pregunta, se envuelve en la sábana y sale de la cama.
—Solo agua. No quiero ganarme una resaca, no es para nada agradable viajar así.
—La presión, el dolor de cabeza y el murmullo de los demás pasajeros no se llevan para nada bien —se ríe ella.
Me da un vaso con agua, la recibo y la miro a los ojos cuando le regreso el vaso. Se mete de nuevo a la cama, apago la luz y me quedo dormido enseguida.
Cuando la luz me despierta, me siento algo cansado. Siempre he detestado las vacaciones precisamente por eso, porque me agotan más que no tenerlas. Pero si quiero que Loretta entienda que este matrimonio es de verdad, no podía negarme a la luna de miel.
Janina está a mi lado, despeinada y dormida. Salgo para irme directo a la ducha, me quito la pereza y salgo para terminar de arreglar las últimas cosas que me quedan por guardar. Mi esposa se despierta, sale mostrando ese cuerpo de infarto que tiene y se va a la ducha.
Una hora después estamos desayunando algo liviano, nuestras maletas están en la recepción, aguardando al chofer que nos llevará al aeropuerto.
—¿Podemos pasar por la tienda de recuerdos fuera del hotel? Quisiera llevarle un regalo a Megan.
—¿No es suficiente con todo lo demás que ya le llevas? —ella se ríe con suavidad y me toma una mano.
—Le debo tantas cosas a mi hija, déjame comprarle aunque sea un llavero para ella. Seguro me ha extrañado estas semanas, nunca nos hemos separado más que un par de días.
Yo solo asiento, no voy a negarle un llavero a esa mocosa.
A mi mente viene el baile en la boda y vuelvo a sentir esa picazón en la mano, la misma que sentí luego de que me llamara «papi» y luego se fuera a bailar con Janina.
«Tal vez alguna vez deba darle el par de nalgadas que su madre seguro no le dio», pienso con la mandíbula apretada. Pero eso, creo, no está permitido.
Para la sociedad soy el padrastro de esa mocosa, pero eso no quiere decir que me pueda llamar así. Me basta con señor Hunt, incluso solo por mi nombre.
Al terminar de comer y de alistarnos para el viaje, salgo del hotel con mi esposa para comprar el famoso recuerdo para la mocosa esa. Elige un llavero con el nombre de la ciudad y me parece que es el regalo más feo, soso y de mal gusto. Es algo que podría mandarle a hacer a un artesano en cerámica en Boston.
Pero no, estoy pagando una suma ridícula para que mi esposa acalle un poco su consciencia.
El viaje es tranquilo, Janina se duerme prácticamente todo el trayecto y yo aprovecho de leer algunos reportes que me ha enviado mi asistente al correo. En dos días regreso a trabajar y no quiero que se me escape nada.
Cuando aterrizamos, Janina sonríe porque verá a su hija, yo solo frunzo el ceño y trato de mentalizarme para vivir con la mocosa en casa. Está terminando su último año en la preparatoria y ya quiero que se largue lo más lejos posible.
—Ya quiero verla —murmura Janina.
«Yo no», respondo en mi mente y suspiro.
En cuanto cruzo la puerta de mi casa, siento el aroma de Megan. Ese a rosas que detesto por su culpa. Es como si se bañara en perfume. Llega saltando y gritando, como la adolescente escandalosa que sigue siendo.
Janina deja caer su bolso, abraza a su hija y llora como si hace años no la tuviera en frente. Yo pongo los ojos en blanco, camino hacia la oficina de mi jefe de seguridad y le pregunto con seriedad.
—¿Alguna novedad con la señorita?
—No, señor. La próxima semana será la fiesta de graduación y hace dos días llegaron cuatro cartas de aceptación de la universidad.
No oculto mi sorpresa, a pesar de que Janina me dijo una vez que Megan es una excelente estudiante.
A lo lejos escucho los gritos de ambas y suelto un bufido. A veces las mujeres pueden ser demasiado escandalosas. Me pongo al día con otras cosas, salgo del despacho y me las encuentro sentadas en la sala, en donde Megan está con uno de sus monólogos.
—El maestro me dijo que era su primera alumna en ser aceptada en el MIT y el asesor me dijo que hace cinco años no tiene un alumno con tantas aceptaciones. ¡Puedes creerlo, mamá! ¡Iré al MIT!
—Lo sabía, mi amor. Eres inteligente, no como tu madre, que salió bruta para tantas cosas. Tendrás un futuro brillante, ya lo verás.
Pero yo no lo creo.
En cuanto los ojos de Megan se posan en mí, se pone de pie, camina para abrazarme y repite lo mismo que hizo en la boda. Se para de puntillas, me da un beso en la mejilla y me mira con esos ojos cargados de esa burla eterna.
—Bienvenido a casa, papi.
—Te dije que no me llamaras así —siseo y ella se encoge de hombros.
—Eso eres ahora. Gracias por ponerme gorilas para que me cuidaran.
—Son guardaespaldas, no gorilas —ella vuelve a encogerse y camina hacia su madre.
—Como se llamen, gracias. Me ayudaron bastante esta semana, especialmente a desestresarme. Son buenos jugando béisbol.
—¡Mis guardaespaldas no son para eso!
—Ya me di cuenta —se ríe ella y tira de la mano de Janina—. Terminaron todos encuerados, porque no pudieron ganarme ni una sola vez.
—¡¿Qué?!
Pero antes de que pida más explicaciones, ella corre con su madre. Janina me dedica una mirada de disculpa y yo me quedo con mi ojo chiquito, a punto de tener un aneurisma por culpa de esa mocosa.
—Se tiene que ir. ¡Esa mocosa se tiene que ir ya!