Capítulo 2

1063 Words
Un futuro diseñado a dos manos  El pequeño departamento que compartían cerca del campus universitario era una mezcla caótica de dos mundos radicalmente distintos. En la sala, junto a los trofeos de metal reluciente y los cascos firmados que Logan acumulaba sin darles demasiada importancia, reposaban las piletas de pintura a base de agua, las cartulinas de colores brillantes y los libros de pedagogía infantil de Abigail. Esa noche, la lluvia de otoño golpeaba con fuerza contra los cristales de la ventana principal. En el suelo, sobre una alfombra raída que habían comprado juntos en un mercado de pulgas durante su primer año de noviazgo, se desplegaban docenas de folletos inmobiliarios, recortes de revistas de decoración y un mapa desplegado del sur de California. Logan estaba sentado con las piernas cruzadas, vistiendo un pantalón de entrenamiento desgastado. A pesar de su envergadura física, se movía con una delicadeza meticulosa mientras sostenía un rotulador rojo y marcaba círculos alrededor de la zona costera de Redwood Bay. —Podemos alquilar una casa cerca de la playa los primeros dos años —dijo Logan, señalando una fotografía pequeña de una propiedad con porche de madera y fachada blanca—. Con la prima de firma del contrato profesional alcanzará de sobra. Tú podrás terminar tus prácticas en la escuela primaria del pueblo sin tener que viajar horas en autobús, y yo podré viajar a los entrenamientos de la franquicia sin estar lejos de ti más de dos días seguidos. Abigail, sentada a su lado con las piernas recogidas debajo de un suéter tejido oversized, apoyó la barbilla en el hombro de Logan. Observó los trazados rojos en el mapa con una mezcla de ilusión contenida y prisa serena. —Logan, no necesitamos una casa tan grande —murmuró ella, pasando la yema del dedo sobre la imagen del porche—. A mí me basta con un espacio pequeño donde haya luz para mis plantas y un escritorio donde pueda calificar los cuadernos de los niños. No quiero que gastes tu dinero en lujos innecesarios solo porque los periódicos dicen que vas a ganar millones. Logan se giró ligeramente hacia ella, sujetándole el mentón con suavidad. —No es por los periódicos, Abby. Es por nosotros —su voz descendió a un tono grave, cargado de una sinceridad casi dolorosa—. He pasado toda mi vida viviendo bajo las reglas de mi padre, calculando cada paso para cumplir con las expectativas de Richard Ashford. Que si el fútbol, que si la universidad adecuada, que si el prestigio de la familia. La única decisión que he tomado de forma absolutamente libre, la única que es cien por cien mía, es quererte a ti. Quiero darte todo lo que te mereces. Quiero que tengamos un hogar donde nadie nos diga cómo tenemos que vivir. Abigail sintió una punzada de calidez en el pecho, pero también esa sombra sutil que siempre aparecía cuando Logan mencionaba a su familia. Richard Ashford era un hombre poderoso, de modales gélidos y ambiciones desmedidas, alguien que veía la carrera de su hijo no como un sueño personal, sino como una extensión de su propio imperio corporativo. Para Richard, la relación de Logan con una estudiante de educación de origen humilde, huérfana y sin conexiones sociales influyentes, era un error de juventud que Logan terminaría corrigiendo tarde o temprano. —Tu padre llamó esta tarde —comentó Abigail con prudencia, tratando de mantener la voz neutral—. Quería saber si ya habías firmado con el agente de Los Ángeles que él te recomendó. El rostro de Logan se endureció de inmediato. La soltura juguetona con la que había estado marcando el mapa se evaporó en un segundo. —No voy a firmar con ese sujeto —respondió con firmeza—. Ethan y yo ya lo discutimos. Ethan se encargará de gestionar las primeras llamadas con los equipos. Es mi amigo, confío en él. Mi padre solo quiere controlar la directiva para asegurarse de que mi contrato se maneje según sus intereses financieros. No se lo voy a permitir. —Logan, no quiero ser la razón por la que te distancies de tu familia —dijo Abigail, tomando la mano de Logan entre las suyas—. Sé lo importante que es para tu madre que las cosas estén en paz antes de la boda. Margaret me llamó ayer para preguntarme sobre los arreglos florales, y aunque intenta disimularlo, se nota que está atrapada en medio de las discusiones entre tu padre y tú. Logan suspiró largamente, dejando caer el rotulador sobre el mapa. Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en las rodillas y se pasó ambas manos por el rostro. —Mi madre te quiere, Abby. Ella sabe perfectamente que tú eres la única persona que me mantiene cuerdo en medio de toda esta locura —dijo, volviéndose hacia ella con los ojos encendidos de una determinación implacable—. Escúchame bien. Nadie va a arruinar esto. Ni mi padre, ni la presión de la prensa, ni el draft de la liga. En tres meses nos vamos a casar en la pequeña capilla de Redwood Bay. Vamos a invitar solo a la gente que realmente nos importa. Ethan será mi padrino, Grace será tu dama de honor, y después de eso, nos iremos a esa casa junto al mar. Es nuestro plan. Nadie lo va a cambiar. Abigail sonrió, vencida por la pasión incuestionable de Logan. Se acercó a él y recostó la cabeza en su pecho, escuchando el latido lento y constante de su corazón. —Un paso a la vez, Ashford —murmuró ella con dulzura, cerrando los ojos mientras la lluvia continuaba azotando los cristales del departamento—. Primero graduarnos. Luego la firma del contrato. Y después, la boda. —Y después, toda la vida —añadió él, besándole la frente con una ternura infinita. Aquel departamento era un santuario pequeño e imperfecto, iluminado apenas por la luz cálida de una lámpara de pie y el murmullo de la lluvia. En los rincones se acumulaban los sueños sencillos de dos jóvenes que creían que el amor bastaba para blindar un hogar contra las tempestades del mundo exterior. Ninguno de los dos sabía que las grietas ya habían comenzado a abrirse en los cimientos, silenciosas e invisibles, listas para tragarlo todo cuando la tormenta finalmente se desatara.
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